Intérpretes: Capella de Ministrers. Pilar Esteban, soprano. José Hernández Pastor, contratenor. Carles Magraner, dirección. Programa: Obras de Verdelet, Joan Bruideu, Juan Cornago, Enrique de París, Aliot Nichola, y anónimos del cancionero de Palacio, del de Montecasino y manuscritos de Bruselas. Programación: 41ª Semana de Música Antigua de Estella. Lugar y fecha: Iglesia de San Miguel de Estella-Lizarra. 10 de septiembre de 2010. Público: llenos los bancos centrales.
carles Magraner, el director de estos Ministrers, plantea el concierto como un viaje que se asoma a la culta corte de Alfonso V, sobre todo desde su instalación en Nápoles, donde su capilla de música obtuvo estabilidad con unos efectivos -unos veinte- considerados como muy importantes para la época; y en la que pululaban no sólo músicos, sino poetas, científicos y todo lo relacionado con el saber. Uno de esos poetas fue Ausias Marsh, a cuyas poesías pusieron música algunos de los músicos programados en el concierto. Es, pues, un concierto en el que también se homenajea al insigne poeta valenciano. Estamos ante un programa en el que tan importante es la música como los textos expresados a través de ella. Difíciles de entender, por cierto, al estar algunos de ellos en valenciano y antiguo. Hay que tener un poco de paciencia para meterse en la sonoridad, un tanto monocolor, de la música del siglo XV, con predominio de las violas de gamba, la percusión y una flauta que ciertamente alivia, con sus improvisaciones, el calmo canto de los solistas. Se impone un tono melancólico. Y se agradece el ritmo y viveza de Pase al agoa o el Din di rin din, del cancionero de Palacio. El conjunto instrumental se sumerge y nos sumerge en esa sonoridad serena, discretamente adornada, de unas partituras a las que hay que acercarse sin exigirles la espectacularidad de épocas inmediatas posteriores. Es una sonoridad bella, muy cálida a partir de las tres violas de gamba, en sus distintos tamaños y diseños, muy hermosa, también a la vista, sobre todo la que es copia exacta de la pintura aparecida en la catedral de Valencia. El continuo y a percusión, variada, presente, pero siempre discreta, redondean el sonido. Y el flautista, con un limpio y luminoso timbre pone un contrapunto que recuerda a los marizápalos: series de variaciones sobre un canto simple.
Tanto la soprano Pilar Esteban Pradas como el contratenor José Hernández Pastor se movieron muy bien en el estilo de la época. Cantaron con expresividad los textos, haciendo traslucir los sentimientos que encierran. Y funcionaron mejor a solo que en dúo. En éstos, el timbre de la soprano tendía a imponerse, por más que la musicalidad y el cuidado imperaban. Pilar Esteban une a su timbre claro, una entidad vocal importante para que estas canciones, a menudo basadas en temas sencillos, adquieran entidad y no resulten simplonas. José Hernández Pastor, con una voz a la que siempre acompaña el misterio, llevó su parte del recital a la misma calidad con la que hace poco nos obsequió con La Colombina.