Música

Tiempo de héroes

23.12.2020 | 01:09

Orquesta Sinfónica de Navarra

Dirección: Nuno Coelho. Programa: Nocturno Sinfónico, de Marcos Fernández-Barreo (1984). Don Juan, poema sinfónico de R. Strauss. Leminkäinen, suite op.22 de Sibelius. Programación: ciclo de la orquesta. Lugar: auditorio Baluarte, sala principal. Fecha: 18 de diciembre de 2020. Público: aforo permitido sin llenar.

Ya es una heroicidad, en la actual situación, levantar un concierto sinfónico con público, así que dentro de esa especie de leitmotiv de la música heroica que nos ha brindado la cita de nuestra orquesta –el héroe corriente que supera una pesadilla, el héroe Don Juan (hoy un tanto devaluado), y el héroe de leyenda–, hay que incluir, también, a los que, contra mundum, mantienen el estatus cultural. En este quinto concierto de abono, dos novísimos en escena: Marcos Fernández-Barrero, compositor, con el estreno de la obra ganadora del concurso de composición de la asociación de orquestas; y Nuno Coelho, director, ganador del concurso de directores de Cadaqués. Ambos salen airosos.

El Nocturno sinfónico, que abría la velada, hace referencia a los sueños, y, claro, en un sueño ocurre y se mezcla todo, de lo más agradable hasta la pesadilla; y la música nos evoca, también, todo: sueños o galaxias, oleajes, magmas indefinidos que surgen a borbotones, comienzo en duerme-vela, calma, luz y oscuridad que va y viene; pero, sobre todo un hermoso ejercicio orquestal equilibrado, con dinámicas de arrebatos sonoros, puntan de "crescendi" formidables, escalas en las que la orquesta muestra su poder. Un buen ejemplo de sonoridad orquestal coherente y bien pensada.

El Don Juan de Strauss es una de esas partituras con las que da gusto reencontrarse con la música en vivo. De nuevo manda el poderío y el inimitable timbre de la orquesta nutrida; o sea, lo que no se oye en los discos. Comienzo fulgurante que mete de sopetón al oyente en el poema. Calma muy bella en la cuerda, preconizada por el concertino. Trompas heroicas –concentradas, empastadas, y de impecable solo– con el diminuendo incluido, bien hecho. En contraste, la cuerda con sordina. Todos los estados de ánimo del personaje tan concentrados en esta partitura, tan reconocibles, tan bien expuestos –extravertidamente– por el titular y la orquesta.

Y, para soñar despiertos, un héroe de cuento: el poema Lemminkainen de Sibelius. Otra gozada orquestal, que no se escucha demasiado. Buen comienzo en trompas –esa entrada es de escritura descarnada–; y creación de expectativa y optimismo en compañía del tema de las muchachas de la isla. Lo mejor de la versión, en general, es la creación de las atmósferas que rodean la historia; por encima de algún pasaje de cierto desajuste –menor–. Manda la cuerda: mórbida, compacta, y con volumen. La segunda parte –el cisne de Tuonela– es un pasaje álgido del concierto: ese tema del corno inglés –magnífico el solista en fraseo y colorido–, sobre la cuerda –chelo incluido–, caudalosa y remansada, tema acogido en un tempo mezcla de majestuosidad y melancolía, nos deja tocados. Cambio al drama en la tercera parte: la cuerda, muy sonora y entregada, de nuevo, acusa el estrés de la muerte del héroe, preparando unos reguladores hacia el fuerte de toda la orquesta, grandiosos. El final –retorno del héroe– es de jubiloso virtuosismo –quizás la versión aquí fue un poco frenética–. Bellas texturas en la orquesta, y lucimiento, con la cuerda grave –violonchelo– que plantea, tranquila, la conclusión, y se abre e incorpora a todos hasta el esplendoroso final.

Nuno Coelho dirigió todo con tal seguridad que se mereció un sincero –creo yo– aplauso, también de los músicos, que remolonearon en levantarse y saludar, para darle protagonismo. Yo creo que sus versiones fueron muy ajustadas a la partitura y aportaron la buena preparación y el entusiasmo. Dio absolutamente todas las entradas a todos, incluso en el estreno, y hasta se le vieron los dedos en abanico para señalar la entrada del arpa. El trabajo por encima del postureo.