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Juan Cruz RuizPeriodista y escritor. Autor de 'Inolvidables. La pasión de entrevistar'

“Es una suerte entrevistar a personas con ganas de responder a tus ganas de preguntar”

Publica un libro de entrevistas que hizo a gente como Saramago, García Márquez, Vargas Llosa, Javier Marías, Delibes, Semprún, María Zambrano o Muñoz Molina

“Es una suerte entrevistar a personas con ganas de responder a tus ganas de preguntar”Iban Aguinaga

Su primera entrevista la hizo con 13 años. Fue uno de los fundadores de El País y sigue en activo. Pero con 77 años Juan Cruz (Santa Cruz de Tenerife, 1948) dice que está en un momento “muy decaído como periodista”. Hace una semana presentó en Pamplona Inolvidables. La pasión de entrevistar. Libro de Galaxia Gutenberg con 31 entrevistas retrospectivas, muchas de ellas a escritores, una forma de tributo a las personas entrevistadas y al propio género, reivindicación de un periodismo “de preguntas y respuestas”, “manera saludable de tratar de saber”.

Recuerda que de niño se pasaba la vida preguntando. Curiosidad infantil...

—Y nosotros somos niños hasta el final.

Esa es una forma de pasar por el mundo. Y las entrevistas a veces abren momentos de intimidad.

—Como cuando me encontré por primera vez con Paul Bowles, que me recibió en la cama, muy dolorido. Terminé montándole un viaje a Madrid para que le viera un médico. Mi relación con él empezó siendo como la de un hijo preocupado por el padre. Me pasó lo mismo con Kallifatides.

¿Llegar tanto a la piel es signo de otro tiempo?

—Es que yo creo que soy de otra época. No sé de cuál, pero yo no soy de esta época. Pongo la televisión o escucho la radio y me da la impresión de que todo se está tergiversando, todo parece normal a la vez que un desastre. No me parece que estemos en un tiempo del que debamos estar orgullosos porque hacemos periodismo. Debemos estar preocupados porque ni el oficio está claro.

Y publica nuevo libro en un momento de crisis profesional. ¿Cómo observa este presente?

—Hay palabras pero no hay conversación. Actualmente la palabra forma parte de lo que tú dices, pero no encuentras enfrente una equivalente que te haga sentir que aquello que estás diciendo ha sido escuchado por el otro. Ese otro trae ya su respuesta. En esto caemos periodistas y los tertulianos. Nos hemos dejado embaucar por algo que no es periodismo. Estamos en un tiempo en el que casi todo parece periodismo y nada es periodismo de veras.

“Nos hemos dejado embaucar. Estamos en un tiempo en el que casi todo parece periodismo y nada es periodismo de veras”

Nuestra atención cada vez está más fragmentada y hay una necesidad de época de hacerse escuchar.

—Es un momento que reclama una reflexión periodística, pero también humana. A dónde va esta precipitación a la que nos está llevando la vida cotidiana o la falta de respeto por la vida del otro. Lo que hay son opiniones. Estamos viviendo en el ‘a mí me lo dijeron’.

El elenco de entrevistas de su libro invita a la lectura sosegada.

—Cuando hago preguntas pregunto de veras, porque no sé. Yo parto de que no sé. El error muchas veces es considerar que ya sabes la respuesta que vas a tener. Y eso rompe por completo el criterio del periodismo.

Cree que este oficio es “la esencia de lo que sirve para saber. Sin preguntas no llegarás a ninguna parte”.

—Eso es, procuro ir con preguntas no respondidas. Yo estoy genuinamente interesado. 

Y contar “cómo es la gente”, según defendía García Márquez.

—Eso para mí es una ley. Esa entrevista marcó también mi manera de abordar el género. La entrevista no es que tú digas y el otro tome nota, si tú no tienes bien hecha tu pregunta es muy probable que el otro no tenga idea de lo que te va a decir. García Márquez era un periodista total. Él aspiraba a contar lo que fuera importante y yo aprendí de él escuchándole. Era un hombre para ser escuchado. 

Como entrevistador manejará una cierta psicología, y habrá notado cuándo la conversación se abre.

—Saber preguntar viene cuando tú sientes la pregunta concreta.

Eso la Inteligencia Artificial nunca lo va a dar.

—Nunca, jamás. Pero yo tenía la pasión por saber y escuchaba mucho la radio de niño, y tenía nociones de lo que se podía o se debía preguntar.

Una vocación clara.

—Las personas que están delante también tienen a veces la sensación de no saber qué decir. Quien no sabe qué decir también es aquel al que tú le preguntas.

Con sus inseguridades y vacilaciones.

—Eso es, y poco a poco van guiándose por el periodista sin saberlo.

“Cuando hago preguntas pregunto de veras. Yo parto de que no sé. El error muchas veces es considerar que ya sabes la respuesta”

¿Se ha encontrado escritores reservados o huidizos?

—Muchas veces. Por fortuna, los elegidos en el libro iban con ganas de ser entrevistados. Eso es una suerte, las ganas de responder a tus ganas de preguntar. Y si tienes esas ganas de preguntar, no importa que no lleves preguntas, porque te las hace luego la persona que tienes delante. Su rostro ya te está diciendo que necesita pensar lo que tú le has dicho. y pensar es un ejercicio extraordinario, que si lo animas, te puede dar sorpresas fuera de lo común. Hace poco entrevisté a Sánchez Albornoz, que iba a cumplir 100 años...

Que está estupendo.

—Sí, años antes había entrevistado a Francisco Ayala, que venía de una larga enfermedad y tenía entonces 97 años, quizás 96. Me pareció que con Sánchez Albornoz debía aplicar la misma fórmula que con Ayala y preguntarle nada más empezar cómo se encontraba. Una pregunta muy cortita: ¿Cómo está usted?

Más que cortesía, invitación...

—Y delante de Sánchez Albornoz usé el mismo imán. “Cojonudo”, me dijo.

Me hablaba del cambio del periodismo. ¿Y el de la literatura?

—Me parece que la literatura de los jóvenes está demasiado organizada por las editoriales y no por los propios jóvenes que escriben.

Eso ha sido así siempre, ¿no?

—No, sobre todo ahora. Ahora la editorial marca. Este tiempo me parece poco estimulante para jóvenes escritores, que a veces se dejan llevar por estímulos que no son realmente literarios, sino que tienen más que ver con el mercado. Ahora todo es mercado. En el periodismo, en la literatura y en casi todas las cosas que hace el ser humano.

Y la mayoría de las veces precario.

—Ahora mismo es lo único.

Hay estrellas en el periodismo...

—Sí, pero en todas partes la vida se ha hecho muy chica. Casi todo está en peligro.

¿En qué sentido?

—No estamos seguros ni con nuestro trabajo, ni con lo que decimos, ni con el futuro.

Participó en la fundación de El País. Su generación se cargó de ilusión y futuro. Y hoy el mundo aparece muy por debajo de las expectativas.

—A nosotros, por ejemplo, no nos importaba tanto el presidente de los Estados Unidos; ahora nos puede romper la crisma en cualquier momento. Estamos viviendo un tiempo muy extraordinario. Un hombre se despierta en Estados Unidos y destruye un país. O se hace con Cuba...

Nos vamos a la cama preguntándonos con qué nos levantaremos.

—Sí, sí, sí, por parte de un país extraño que manda sobre lo que tenemos que hacer. Están haciendo más pobre a Cuba para poderla destruir antes.

Y cae el turismo, fuente de divisas.

—Lo que está ocurriendo es despiadado.

“Ahora todo es mercado. En el periodismo, en la literatura y en casi todas las cosas que hace el ser humano. Y casi todo está en peligro”

Volviendo a su vocación periodística, que fue precoz...

—Éramos muy pobres.

Su padre compró una radio muy básica.

—Clandestinamente, porque mi madre no quería. Ella creía que dentro de la radio había gente que no existía. Luego se adaptó igual que yo. Yo vivía pendiente de la radio, me encantaba. A mí todo me parecía fantasía, y soñaba con que algo iba a ser mejor al día siguiente. Toda mi vida he pensado eso. Y a veces ha sido así, y a veces no, a veces se ha muerto gente muy importante para mí, pero nunca he querido ver muertos.

¿Por no exceder su sufrimiento?

—No, por miedo. Yo siempre he tenido miedo a la muerte, y en la muerte de los demás no he sabido todavía llegar a los alrededores de mi propia muerte. Vi el dolor de la muerte antes de que esta se produjera en el caso de mis hermanas, de parientes míos, de mi madre, de mi padre, y nunca me acerqué de veras a la muerte. Es más, la palabra muerte yo la dejé muchos años a un lado, hasta que finalmente vino, de una manera o de otra. Para mí, la muerte es una palabra muy dura, que no he querido usar sino de vez en cuando, siendo ya obituario.

Cuenta en el libro que con la enfermedad de Javier Marías, usted huía del posible desenlace.

—El sábado que murió apagué el teléfono un rato y lo encendí exactamente en el momento de la noticia. No soy supersticioso, pero siempre me pasa, cosas que están a punto de suceder o que sucedieron cuando las pensé. Toda la vida ha sido así.

Entre los entrevistados del libro, ¿dónde ha encontrado humanismo de muchos quilates?

—En Lledó, sin duda ninguna. En Saramago, María Zambrano, Semprún, Muñoz Molina, Mario Vargas Llosa, que es mucho más de lo que la gente ha creído... O Ismail Kadaré o Delibes...

Que rechazó dirigir El País, anteponiendo circunstancias familiares.

—Era un hombre muy implicado en Valladolid, y no le dio la gana de irse a Madrid. Es que Madrid es un sitio muy difícil.

“Debemos imaginar una sociedad diferente”, le dijo Amin Maalouf que observaba que vamos por muy mal camino.

—Porque él venía de un lugar que nunca supo dejar atrás. Para él Europa era el lugar al que quería venir, pero nunca dejó de ser de su país (Líbano). Su manera de ser era la de un hombre huyendo.

Ha mencionado a Jorge Semprún, que padeció el horror del nazismo en un campo de concentración.

—Semprún para mí es el entrevistado más dúctil y más cercano. Nunca dejó de estar pendiente de las preguntas. Como si hablara desde un viejo campo de concentración del que nunca se marchó. 

Vargas Llosa le habló del esfuerzo “enorme que hacía al escribir”, como si no tuviese talento.

—Es que Vargas Llosa cuando era un muchacho fue maltratado por su padre. A Semprún lo maltrató la guerra, a Vargas Llosa lo maltrató su padre. Estaba todavía poseído por la actitud de su padre contra él siendo un muchacho estudiante. Luego él se olvidó del padre hasta que un día, cuando iba a recibir el Premio Nobel de Literatura de alguna manera se acordó de él, y ese recuerdo lo llevó casi al llanto, la mañana en que tenía que dedicarse a su premio. Y esa mañana perdió la voz, como si estuviera perseguido por un espíritu.

Tremendo.

—Sí, poseído por la terrible presencia de un padre que terminó siendo parte del final de su vida también.

“A nuestra generación no nos importaba tanto el presidente de los Estados Unidos; ahora nos puede romper la crisma en cualquier momento”

Zambrano se mostró contraria a las corridas de toros criticando la crueldad de los españoles. 

—Ella creía que los toros eran una maldad. Ella estaba en contra de las maldades. La maldad de la guerra, del olvido... y lo que no le gustaba de España eran los toros, por ejemplo. María Zambrano hablaba con los ojos, y su tristeza provenía del tiempo que había pasado fuera de su país. Por eso ella creía que nunca se había ido de su país, porque su país le fue triste. 

También entrevistó a Julio Caro Baroja, que no está en el libro.

—Fue de las primeras entrevistas que hice. La primera vez que mi madre me compró ropa para hacerla.

Era usted muy jovencito.

—Fue en Tenerife, y me dedicó su libro. Recuerdo su dedicatoria, su pajarita, su actitud muy joven; no era una persona engreída, estaba sentado como si fuera un tío tuyo que viene a preguntarte cómo te ha ido en los exámenes. Un personaje.  

Habrá quien le critique por que solo hay cuatro mujeres en su libro.

—Sí, tienen razón.

¿Por la sociología de la época?

—Creo que sí, no había tantas mujeres escritoras. He entrevistado a muchas mujeres. Lo que pasa es que aquí salieron menos. Nunca he sido misógino, pero la vida ha sido misógina. La periodística también.

¿También?

—Sí, igual, para que llegara una periodista a dirigir El País pasó tiempo, y lo mismo en la mayor parte de los periódicos. ¿Tienen directora en su periódico?

De reciente nombramiento, tras varios directores. ¿En qué punto profesional está ahora usted?

—Hace días fui a hablar con el jefe de Cultura de El País. Pensaba decirle que en septiembre debo amortiguar. Me daba apuro decírselo. Y él me encargó una serie de cosas, que yo debía hacer: una entrevista, un perfil... y no me atreví a decírselo. Yo pienso que tendré por dentro alguien que cree que no debo irme y otro por fuera que abre la posibilidad. Yo qué sé. 

Supongo que aspira a compaginar un poco de periodismo y la vida.

—Ayer escribí tres artículos.

Eso ya es actividad.

—Y el día anterior otro para Clarín de Buenos Aires y otro para El País. Si a mí me piden que escriba, yo escribo. Soy una persona que nació deseando que alguien le mandara escribir una entrevista o una crónica, lo que sea... Yo estoy disponible. Yo soy un viejo disponible.

“Tengo una gran biblioteca, pero me he pasado la vida queriendo leer más. He trabajado demasiado y ha sido una frustración”

¿Se debate en una contradicción?

—Absolutamente.

En ese trabajo diverso ha comenzado una colaboración con TVE.

—Para hablar de libros, de bibliotecas. Yo he estado siempre pendiente de los libros.

¿Tiene una gran biblioteca en casa?

—Sí, la verdad que sí, pero una gran biblioteca es cuando la lees; yo me he pasado la vida queriendo leer más, pero los periodistas pobres tenemos que leer menos y trabajar más.

Y a partir de un determinado momento, ¿le ha faltado tiempo?

—He trabajado demasiado. Mi vida ha sido en ese sentido una frustración, porque me he dedicado a escribir. Cada vez que hay algo y me lo piden lo hago. A mí me va la marcha.

Atesorar esa biblioteca, más o menos leída, será una satisfacción.

—Siempre viajo con libros, como si los libros se leyeran a sí mismos. Ahora mismo llevo siete. ¿Cómo los voy a leer en un viaje corto a Pamplona?

¿Y el suyo cómo quiere que se reciba por quien lo lea?

—Como una lectura noble de gente importante.