El imperio de Roglic

El esloveno vence la crono final en Santiago y conquista su tercera Vuelta consecutiva, con Mas y Haig en el podio

05.09.2021 | 21:12
Roglic festeja su tercera Vuelta a España tras vencer la crono final, su cuarta victoria de etapa.

Posee la Vuelta un efecto sanador y purificador para Primoz Roglic, entronizado por tercera vez consecutiva en la carrera española. Roglic ha encontrado en la Vuelta la redención ante los desgarros del Tour. Frente a las heridas de la Grande Boucle, el alivio y el descanso de la Vuelta. El pasado curso, el esloveno se repuso con su segundo triunfo en la Vuelta del amargo impacto del Tour, despellejado por Pogacar en la celebérrima contrarreloj a La Planche des Belles Filles. Donde otros se hubieran lamentado, incluso agarrado al discurso del victimismo para convertirse en mártir o en un ciclista atormentado por una derrota cruel, Roglic eligió el camino de la superación, alérgico como es a las coartadas y a la excusas. Se repuso del Tour celebrando la Vuelta en un final agónico, persiguiendo a Carapaz, para alcanzar la paz interior. De algún modo, Roglic inició su resurrección en el mismo momento en el que asistió, atónito, con la mirada perdida, sentado en el suelo de la incomprensión, la pérdida del Tour. La Vuelta de la pandemia cicatrizó sus heridas. 

En Santiago de Compostela, punto culminante de la Vuelta de las catedrales, (la carrera amaneció con una contrarreloj en la Catedral de Burgos) el esloveno encontró el antídoto a otro Tour doliente. Roglic fue víctima del caos, la locura y las caídas que deletrearon la primera semana de la carrera francesa. Derribado en la tercera jornada, el esloveno, vendado el costado izquierdo como una momia, continuó en carrera hasta que abandonó debido a los dolores. Otra vez rehuyó Roglic de la misericordia y de las quejas. No le va el malditismo. Lo combate trabajando. Optó por el camino difícil; el del esfuerzo y el sacrificio. Se armó para los Juegos Olímpicos y se colgó el oro en la modalidad de contrarreloj. Su actuación, meteórica, anunció la segunda resurrección del esloveno en la Vuelta, donde atrapó el registro de Tony Rominguer. Roglic estuvo acompañado en el podio por Enric Mas, a 4:42, y Jack Haig, a 7:40.

El esloveno completó una carrera inmaculada. Dominó la Vuelta desde el prólogo hasta el epílogo en grandes puertos, días con aroma de clásicas y cronos. Siempre Roglic. A cada reto, más Roglic. El esloveno, el más fuerte de la Vuelta, también fue el más incisivo, el más inteligente y el más valiente. Inconformista, competidor magnífico, Roglic sumó cuatro etapas. Venció en Burgos para ser el primer líder de la carrera, festejó en el muro de Valdepeñas de Jaén, levitó en los Lagos de Covadonga tras una actuación excelsa, solo al alcance de los campeones de cuerpo entero, y remató su aplastante dominio en la crono final en Santiago. Más allá de su capacidad para el remate, Roglic supo manejar los hilos de la carrera con destreza.

Prestó el maillot rojo a Taaramäe primero y se lo alquiló después a Eiking. Con ese movimiento descargó de responsabilidad a su equipo, al que aligeró la carga de la púrpura. Eliminada la presión sobre sus costaleros, Roglic no cometió ningún error. En realidad, únicamente dos caídas, una de ellas mientras se la jugó, valiente, para ganar, asustaron al esloveno. Solo los accidentes o alguna anomalía podían derrotarle. Los rivales nunca se le aproximaron de verdad aunque durante numerosos días la ventaja se contó en segundos. Roglic jamás ofreció ni un signo de debilidad. No se le intuyeron poros abiertos y menos aún grietas. Corrió con la máscara impenetrable. Inaccesible en el mano a mano.

EXHIBICIÓN FINAL

En la crono de cierre de Santiago, a Roglic solo le sostuvo la mirada otro coloso de la Vuelta, Magnus Cort, que se cruzó con el esloveno empatado a triunfos de etapa. Cada uno, a su manera, han sido los ciclistas con mayor ascendente sobre la carrera. Roglic superó al danés por 14 segundos. Ambicioso al extremo, feroz en la persecución, el esloveno dobló a Mas, que partió con dos minutos de ventaja. Le adelantó antes de alcanzar la plaza del Obradoiro. Majestuoso Roglic, inalcanzable. Colocó 2:04 al mallorquín y 2:52 a Haig, que cerró el podio final de la Vuelta. Compartieron foto los tres juntos, pero a Mas y Haig les separaba un universo de Roglic.

Ni Mas, ni López, mientras estuvo, ni Haig, ni Bernal, ni Yates le incomodaron de verdad. La superioridad de Roglic, sólido en cada recoveco de la Vuelta, fue manifiesta durante las tres semanas de competición, que fluctuaron entre el sol asesino del sur y la niebla asturiana. Refractario a cualquier incidencia. En ese ecosistema, el rey de la carrera escribió con letras de oro una página para la historia de la Vuelta. Se regaló la eternidad con una exhibición majestuosa que recordó su asalto a la Itzulia meses atrás. Valiente y ambicioso, conquistó los Lagos de Covadonga. Impulsado por el atrevimiento de Bernal, Roglic, que pudo abrigarse en su equipo, se encaramó a una maravillosa aventura de 60 kilómetros que remató en la mítica cima asturiana. Allí cinceló su triunfo en la Vuelta. Su grito, un alarido, anunció su gesta y le encaramó al liderato otra vez. Espantó a sus rivales, conscientes de que su cometa volaba demasiado alto. Desde el cielo de la Vuelta, Roglic observa su imperio. 

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