rompiendo las previsiones del Gobierno, el número de parados en Navarra aumentó en la tarde de ayer. Por lo menos son once más, un porcentaje poco relevante en las estadísticas del INEM, estruendoso (el cien por cien) cuando la empresa es un equipo de fútbol al que se le supone capacitación y alto rendimiento. Por desgracia, nos vamos acostumbrado a observar a Osasuna con el mismo excepticismo que a la economía: cuando parece que ante el Rayo termina la recesión, la Real Sociedad bloquea la salida de la crisis; donde habíamos detectado brotes verdes (buena defensa, un delantero en alza) de repente aflora una tremenda bajada de la productividad; cuando el equipo de Gracia cotizaba al alza, le meten en la bolsa cinco goles y lo ponen a enfriar. Cuando el entrenador rojillo enfilaba, cabizbajo y semioculto dentro su americana, el túnel de vestuarios, debía pensar que le habían colado, más que una plantilla experimentada en su labor, un montón de activos tóxicos: prepara un partido en la pizarra con toda meticulosidad para que te lo destrocen en tres jugadas a balón parado como si los que defendían fueran recién contratados o becarios en prácticas. Lo peor es que antes de que todo se viniera abajo, la Real ya había avisado por dónde iba a ganar el duelo. A la media hora, Íñigo Martínez remató en el primer palo y no fue gol porque no tocaba. Yo creo que si después del tercero Merkel no decretó la intervención en Osasuna fue porque estaba mirando la Bundesliga o inspeccionado las líneas telefónicas de su casa. La falta de movilidad y de atención no solo fue un déficit defensivo; con el partido equilibrado, a los rojillos les costaba rebasar con alguna intención la línea de tres cuartos. Hombres especialistas en esta tarea como Cejudo y De las Cuevas no rindieron; el cordobés no compareció, su banda estuvo huérfana y tampoco Oier hizo acto de presencia por delante de la línea de medio campo. Solo Roberto Torres le puso algo de intensidad y creatividad, pero poquito para lo que convenía. La Real, que no pudo en media hora con su juego combinativo, encontró un chollo en la estrategia. Y después de la expulsión de Loties se dio un festejo. Osasuna, desaparecido en ataque, solo tiró una vez a los tres palos. Ni aún así, Gracia metió en el partido a Ariel Núñez, descartado ya antes del mercado invernal. La vida está muy achuchada como para no dar el máximo en tu tarea profesional y los jugadores de Osasuna hicieron huelga de piernas caídas. De este equipo cabe esperar siempre trabajo a destajo y lo de ayer fue lo más parecido a un lunes al sol. Los aficionados rojillos, que pagaron un buen dinero por ver el partido y que se dejaron la garganta incluso con el 5-0, merecían más que ese triste y avergonzado saludo final desde el medio campo. Ahí, parados.