El problema de Anatoly Karpov es que no tenía ninguna posibilidad. No de vencer a Gary Kasparov en las tres ocasiones en las que dirimieron el título mundial -que sus ocasiones tuvo en las tres-, sino de ganarle la batalla de la popularidad.

Ni por carisma, algo que se tiene o no se tiene, y él no tenía y sí su rival; ni por lo que representaba en aquellos duelos -la Nomenclatura soviética frente al díscolo azerí-; y ni siquiera por su estilo de juego.

El ajedrecista austriaco Rudolf Spielmann dijo en su día una frase que hizo fortuna en el deporte-arte: "Juega la apertura como un libro, el medio juego como un mago y los finales como una máquina". Todo Gran Maestro tiene un nivel alto en las tres fases, pero luego llegan los matices: si algo caracterizaba el juego de Kasparov era el ataque valiente, salvaje y mágico en el medio juego, mientras que el de Karpov ha sido definido a menudo como la búsqueda continua de microscópicas ventajas para consolidar una posición ganadora y rematarla jugando como una máquina.

En fin, que Kasparov se hartó de jugar siempre contra Karpov y contra la propia Federación Internacional (FIDE), que era todo menos neutral en el duelo -con el intrigante Florencio Campomanes al frente, presionado de forma impresionante por la potente Federación Soviética- y fundó, junto al inglés Nigel Short la Asociación Profesional (PCA) en 1993. ¡Cisma en el ajedrez mundial!

La FIDE, probablemente con placer, decidió entonces organizar, deprisa y corriendo, un torneo para nombrar al nuevo campeón mundial oficial. Como cuando el estadounidense Bobby Fischer -humillador del ajedrez ruso al ganar a Boris Spassky en 1972- se negó a defender su título y éste recayó en 1975 en el joven brillante Anatoly Karpov (que lo conservó hasta 1985), la renuncia de Kasparov dejaba vacante el trono.

1993. El ruso Anatoly Karpov y el holandés Jan Timman cara a cara. Alguien, con maldad, dijo que era La batalla de los perdedores, obviamente de los perdedores ante Kasparov.

El duelo, a 24 partidas, se celebró en varias ciudades, y el juego de Anatoly Karpov fue mucho más sólido y brillante que el de su rival. Tras 10 partidas llevaba dos victorias de ventaja (6-4) y ganó después tres consecutivas (de la 14ª a la 16ª) para llevar al marcador un apabullante 10,5-5,5.

En Yakarta (Indonesia), en la primera semana de noviembre, se jugaba la 21ª partida, y a Karpov le bastaban unas tablas para alcanzar el 12,5 que le daba de nuevo el título. Lo logró con negras, con una Defensa Nimzo-India y en apenas 19 movimientos, porque Timman no llegó a plantear el todo o nada que se hace en estos casos, seguramente porque veía imposible ganar cuatro partidas consecutivas.

Aunque fuera más oficial que real (el ránking mundial de puntos ELO no dejaba lugar a dudas de que Kasparov era el mejor jugador del mundo), Karpov volvía a ser campeón, y mantuvo el título hasta 1999.

No tenía, nunca tuvo, la posibilidad de ganar la batalla de la popularidad ante Kasparov, pero los jugadores noveles que intentan progresar en el ajedrez se encuentran a menudo con sus partidas ejemplares cuando estudian.

Ahora, con 62 años, es un jugador de segundo nivel -la edad no perdona en lo que se refiere a velocidad de cálculo-, pero lo compensa de sobra con su condición de leyenda del ajedrez. Y es curioso que, cuando se postuló como candidato a la presidencia de la Federación Internacional, recibiera el apoyo del mismísimo Gary Kasparov, indudable señal de que aquellos duelos míticos no rompieron el respeto entre ambos.