El freno a la fase 2 amenaza con el colapso humanitario en Gaza
El bloqueo del desarme de las milicias y la posible salida de 37 ONG paralizan el plan de reconstrucción y la asistencia
La esperanza es un lujo que ya pocos pueden permitirse en la Franja de Gaza. Mientras los calendarios marcan el avance de febrero, la denominada “Fase 2” del alto el fuego –ese ambicioso plan de reconstrucción y gobernanza civil– se ha convertido en un espejismo político. Lo que debería ser el inicio de la desmilitarización y el retorno a una precaria normalidad, hoy es un callejón sin salida donde el estruendo de la diplomacia fallida resuena con más fuerza que las excavadoras de reconstrucción.
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El proceso se ha estancado en un punto crítico: el desarme de las milicias. El gobierno israelí, a través de voces como la del ministro Bezalel Smotrich, ha lanzado un ultimátum que deja poco margen al optimismo: o Hamás entrega las armas de forma inmediata, o el repliegue militar se revertirá en una ocupación total del enclave. Por su parte, el grupo islamista rechaza lo que considera una capitulación incondicional, dejando a millones de civiles atrapados en una tregua que se siente más como una pausa para tomar aire antes del siguiente asalto.
A este bloqueo político se suma una crisis humanitaria sin precedentes. Israel ha puesto fecha de caducidad a la labor de 37 organizaciones no gubernamentales, incluyendo gigantes como Médicos Sin Fronteras (MSF) y Oxfam. Bajo la nueva normativa de registro impuesta por Tel Aviv, estas entidades tienen hasta el 1 de marzo para cesar operaciones si no cumplen con requisitos de transparencia que las ONG califican de “imposibles” y “punitivos”. Si estas organizaciones abandonan el terreno, el sistema de salud y saneamiento simplemente colapsará.
Pero Gaza no es una isla y la tensión regional amenaza con devorar los pocos avances logrados. En las últimas semanas, el despliegue militar de EEUU en Oriente Medio ha alcanzado niveles que no se veían en dos décadas. Con la administración Trump enviando señales de un posible ataque preventivo contra Irán, el Estrecho de Ormuz se ha convertido en el termómetro de una fiebre bélica que podría incendiar toda la región. Teherán ya ha advertido de que cualquier agresión, por mínima que sea, tendrá una respuesta “con fuerza”.
Así, mientras los líderes miden sus fuerzas en tableros geoestratégicos, la realidad a ras de suelo es de un gris absoluto. Cientos de miles de gazatíes siguen hacinados en refugios temporales de la UNRWA o en tiendas de campaña que se hunden bajo el barro de un invierno implacable. Para ellos, la “Fase 2” no es un documento en un despacho de Ginebra; es la diferencia entre tener un techo sólido o seguir esperando un milagro entre las ruinas.
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