en la política navarra, los poderes fácticos han mandado mucho. No ahora, de siempre. Los poderes fácticos conservadores, claro. No había otros. Han sido quienes han controlado y dirigido la política foral desde las bambalinas del poder. Poderes fácticos mediáticos, religiosos, económicos, familiares, financieros. Un perfecto entramado de intereses particulares que ha construido una tupida red clientelar que se ha beneficiado de las arcas públicas para consolidar su inmenso poder. Sus portavoces autorizados han dictado qué había que hacer, qué había que pensar, qué no era oportuno y dónde había que destinar los dineros públicos. Y los sucesivos gobiernos se limitaban a obedecer. Las excepciones personales a esa sumisión acabaron políticamente señaladas. Portavoces que aún hoy, en pleno siglo XXI y con la evidente transformación de la sociedad navarra, insisten en intentar controlar los objetivos y la acción política del nuevo Gobierno salido de las urnas democráticas el 24-M. Se resisten a perder el púlpito y la influencia que les ha convertido en privilegiados gestores del poder sin pasar por esas urnas. Pero en Navarra hay otras inquietudes y necesidades. Y, sobre todo, hay ya otros poderes fácticos que representan a las nuevas prioridades de la sociedad actual, con formas, actitudes y objetivos muy diferentes. Es otra realidad del cambio.