l teatro de la ópera de aquella gran ciudad sudamericana se preparaba para una temporada lírica que iba a durar tres meses, desde mediados de mayo hasta mediados de agosto de 1902. La compañía, italiana, aunque con cantantes de otros países, era de lo mejor que podía presentarse en escena a principios del siglo XX. En ella se hallaban las famosas sopranos Darclèe y Stehle; la célebre contraalto Cucini; los tenores Borgatti, Biel (Zaragoza, 1870) y Garbin; el gran barítono Ancona; los bajos Boudouresque y Ercolani; y, como gran maestro, el director de orquesta Leopoldo Mugnone. Entre todas estas celebridades de la escena lírica se encontraba también un joven barítono a quien -a pesar de sus cuatro años de carrera en su propia patria y algunas actuaciones en otros países- el director Mugnone lo consideraba todavía demasiado joven y poco maduro para cantar en aquel teatro. Sin embargo, su juventud e inmadurez no habían sido obstáculo para ofrecerle el buen contrato que le habían puesto a la firma, y por el que se comprometía a cantar: cuatro representaciones de Aida, dos de La Africana, dos de El Trovador, dos de Zazá de Leoncavallo; y una Caballería Rusticana de Mascagni, pues por el timbre, la extensión, el volumen de su voz y la maestría con que emitía todos los sonidos, del más grave al más agudo, lo consideraban ya como un fenómeno vocal. Sus actuaciones se contaron por éxitos, especialmente en Zazá de Loncavallo, en la que los interminables aplausos le obligaron a repetir, hasta tres veces, el aria del IV Acto Zazá, píccola zíngara, mostrando en todas las representaciones esas magníficas condiciones de todo orden que hacen que de un gran cantante se diga que es un divo.
Las representaciones se daban en el Teatro Victoria o de La Ópera y, coincidencias de la vida, en ese teatro había un joven tramoyista que, por su fuerte vocación de cantante (aunque no de ópera sino del género folclórico propio de su país), no se perdía ningún ensayo. Admiraba aquellas magnificas voces, la técnica vocal con que sus poseedores las emitían, y trataba de aprender escuchándolas. Y tanto empeño y entusiasmo ponía en ello que consiguió llamar la atención del joven barítono hasta el punto de que éste se tomara la responsabilidad de ser su maestro.
El actor y dramaturgo Elías Alippi (1885-1942), que fue, primero, empresario y, años después, amigo del joven tramoyista cuando era ya cantante famoso, contaba que en sus comienzos de cantante folclórico (1914), actuaba en su propia Compañía Ducasse-Alippi, al finalizar las representaciones teatrales, formando dúo con otro cantante, y que durante aquella temporada de ópera de 1902 ambos jóvenes -el barítono italiano 25 años y el tramoyista 20-, quienes en su fuero interno se sentían vocacional e irremisiblemente cantantes en el más profundo y verdadero sentido de la palabra, simpatizaron hasta tal punto que el divo adoptó la nobilísima tarea de ser su maestro para enseñarle la formidable impostación de la voz que él poseía y que el joven tramoyista, artista nato, asimiló en no muchas clases aquella técnica vocal que le sirvió de base para llegar a ser el más grande y famoso cantante de la música folclórica de su país.
En cuanto a la veracidad de todo lo que aquí narramos, los datos históricos prueban que el divo estuvo aquella temporada en aquel teatro entre mayo y agosto de 1902. Por otra parte, como ya hemos visto, contamos con el testimonio del actor y dramaturgo Elías Alippi, que fue quien conoció el hecho y comunicó la noticia. Finalmente, como en los relatos de misterio, artístico en este caso, descubriremos la identidad de nuestros protagonistas: el divo (1877-1953), que fue uno de los más grandes barítonos de todos los tiempos, se llamaba Titta Ruffo, y el tramoyista (1882-1935), fue también famosísimo mundialmente con el nombre de Carlos Gardel, así que no debe extrañarnos que cantara como lo hacía habiendo aprendido la técnica vocal de un maestro que llegó a ser uno de los más grandes cantantes de ópera. Y la gran ciudad sudamericana era, por supuesto, Buenos Aires.
Este breve relato quiere ser mi pequeño homenaje al Zortzal Criollo o Morocho del Abasto, sobrenombres artísticos que nuestro tramoyista tuvo antes de llegar a ser el gran Carlos Gardel.