Le habrá pasado alguna vez: tras pagar en metálico la consumición del bar o del restaurante, la persona que le ha atendido le pone mala cara porque no deja propina. Y más de una vez se habrá hecho la misma pregunta antes de recoger con cautela los restos de la cuenta: “¿Dejamos algo..?”. Difícil equilibrio en el que se coloca el consumidor, atrapado entre la espada de la racanería y la pared de la generosidad. Como si de cuatro o cinco monedas sueltas dependiera la subsistencia del empleado, pedigüeño de posavasos y mantel que necesitara de la caridad de la calderilla para llegar a fin de mes. O, más aún, que ese sobrecoste permitiera “hacer realidad los pequeños sueños”, de acuerdo al mensaje del anuncio auspiciado por el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso, que anima a practicar el ejercicio de la gratificación extra. La presidenta de la Comunidad de Madrid traslada a la clientela –que ya abona una nota en ocasiones encarecida– la obligación que no exige a los empresarios del ramo: la de retribuir al personal a su cargo con un salario digno.

La propina si es obligada no es propina, es una tasa, como puede pasar en Estados Unidos o en países de Europa que hacen constar el porcentaje de esa cortesía en la cuenta. El solo hecho de haber lanzado esta idea a la opinión pública anima a imaginar la precariedad del empleo y lo corto de los sueldos en un sector en el que no es extraño realizar largas y duras jornadas de trabajo. Pero a Ayuso le va más agitar el enjambre desde su posición de abeja reina de la derecha que apoyar la subida del Salario Mínimo Interprofesional, una medida que sí tendría un impacto directo en los trabajadores de la hostelería. Además, fomentar la propina impulsa la circulación de dinero negro, no registrado, por llevar la exageración del comentario hacia el otro extremo, pero es que un político tiene que cuidar lo que dice, aunque estos escaseen últimamente

Dejemos la propina al libre albedrío y no hagamos depender la fragilidad de los sueños de un redondeo de calderilla. Además, soñar, hasta ahora, era gratis. Menos en el Madrid de Ayuso. Por lo que se ve.