¿Qué está pasando? ¿Qué puede pasar? Dos preguntas brotan al inicio del verano más político. Hace un año el PSOE creía que explicando su gestión de la economía, la derecha no tendría posibilidades de llegar a la Moncloa. En aquel momento, la hipótesis de un cambio de ciclo comenzaba a tomar cuerpo. Hoy esa posibilidad cae a plomo para la causa progresista. PP y Vox van entrelazando poder tras el 28-M y el Partido Socialista no sabe muy bien cómo sacudirse este dominio emergente. El marco preponderante está en posesión de la derecha. Si el PSOE decide a un mes escaso de las elecciones, encoger, arrugarse y volverse un gurruño, no tendrá nada que hacer. Todo lo que diga o haga será insuficiente, tachado de naufragio y señal de pecado y penitencia, y ello afilará aún más el colmillo reaccionario. Los marcos se arrebatan. Cualquier temblor de piernas esperando la carambola es un suicidio. El PSOE debe ofrecer seguridad, orgullo y convicción social si quiere presentar batalla. Tiene un ejemplo en Zapatero, que reconecta con el ánimo progresista porque en sus entrevistas no se limita a una defensa escurrida del mandato de Sánchez, sino que se identifica con el Gobierno de coalición conformado en 2020, y describe el fondo del antisanchismo. ¿Desde cuándo no había una pulsión derechista tan extrema y poderosa, de palo y tentetieso? Ciertamente la riada llega mucho más taimada a Navarra, donde aun así asoman actitudes sottovoce, que dejan zaborras y pelusones de los que poco se habla. Les cuento una experiencia por si sirve de ejemplo. Resulta penoso que el hecho de trabajar en esta sección de este periódico, o de tomar una posición pública en Twitter, sea para algunos –no hablo de políticos– una especie de tara, un manchurrón o desdoro insalvable, motivo de incomodidad; un tabú. Síntoma, como tantos otros, del colesterol que acumulan las arterias de una sociedad sobrealimentada de papistas, cerriles o perdonavidas, de falsa moderación y quebradiza coherencia democrática. Simientes que desde hace pocos años prenden a lo bruto en sectores ultras. Estas pozas, fosos y muros existen. El paradigma franquista de “los enemigos de España” es hoy sustrato de la derecha, estandarte de la extrema, y un trampolín electoral. Y también, por definición, una mancha de aceite. Primero fueron objeto de la rabia ultra los independentistas, luego Podemos, y ahora también el PSOE, que si no se coloca de frente, firmará su condena. Volviendo al inicio: ¿Por qué esta ola retrógrada? Como en todo movimiento sísmico las causas son múltiples. No son tiempos fáciles, y cada arrebato precedente –contra Ibarretexe, contra Zapatero o contra Puigdemont– dejó posos y estelas. Por ejemplo, un partido naranja que se tomó por centro, un rey que no modera, un PP envalentonado. opinadores a cuchillo o políticos del PSOE que no pierden oportunidad de horadar a Sánchez.
La extrema derecha se alimenta de frustración y resquemor, y busca mando en plaza con su agresividad como ADN. Su apelación a la libertad no es nueva. La “una, grande y libre” fue carcoma. Si la actual mayoría progresista –con todos sus peros– no se moviliza, la derecha habrá ganado la partida, con paquete reaccionario de propina. La izquierda tiene un mes para movilizarse e impedirlo.