“El 3 de noviembre, sólo unas horas después de que el presidente Sánchez diera la espantada en Paiporta, quitándose de en medio mientras los Reyes de España, con entereza y gallardía, se mezclaban de tú a tú con los vecinos encolerizados…”. Esto no lo he escrito yo, puesto que gallardía creo que no ha pasado nunca por mi cerebro, sino que es de Pérez Reverte, otrora corresponsal de guerra para RTVE y desde hace más de 30 años notable –al menos por ventas– escritor. Lejos de mi intención criticar al susodicho, al que respeto mucho en ambas facetas y alguno de cuyos libros –El Maestro de Esgrima y La Tabla de Flandes, sobre todo– me gustaron bastante. El tema no es ese, sino que me interesa el tema de “la espantada”. Al parecer, para una parte no poco importante del país es una acción negativa no meterte en medio de una turba que te lanza objetos y te insulta, mientras que es positivo sí hacerlo y mezclarte –de tú a tú, eso que hacen los reyes, que no son como tú y lo saben y lo aceptan– con la mentada turba, completamente exaltada por causa de unos acontecimientos trágicos de los que ninguno de los mencionados tenía la más mínima culpa. Pero existe, esa España que se enfrenta al posible linchamiento –a Sánchez le cayó un palazo por detrás y a saber qué le habría caído si se mete más dentro– con los cojones como estandarte y banderola es más de fiar y de admirar que aquella que, en previsión de daños físicos perfectamente evitables –la visita es perfectamente evitable, nada obtuvo esa gente de que los reyes, Dios guarde su valentía, se mezclaran con ellos de tú a tú– se da la vuelta y se marcha a otra parte a no sufrir daños, como si ejercer –bien, mal o regular– la política tuviese que ver con ejercer la corona, que es un asunto de puro marketing e imagen. Como si un político por el mero hecho de serlo tuviese que ser un suicida. Así nos va, supongo, gallardamente.