Ni el presidente Trump ni sus colaboradores nos han explicado cuál es su visión del mundo y de las relaciones internacionales, pero sus acciones y declaraciones parecen indicar que tiene al respecto una visión muy distinta de sus predecesores y que para él existen tres centros de poder, en una configuración de fuerzas diferente de la que ha imperado durante casi un siglo.
Lo más llamativo es que Trump ha hecho tan suya la Doctrina Monroe (“América para los americanos”, de James Monroe en 1823), que los medios informativos hablan ya de la “Doctrina Donroe”, para adaptarse al nombre de Donald del actual presidente. En el caso de Trump, parece que los principios no se extienden por igual a todos los habitantes y naciones del continente, sino que se aplican tan solo a quienes en Estados Unidos la gente llama “americanos”, es decir, los ciudadanos estadounidenses.
Todo el hemisferio occidental estaría así bajo el liderazgo y control especial de Estados Unidos, el país más rico y de más poderío militar del mundo, que ha de tener el poder de dictar la política de sus vecinos.
Es algo que hemos visto recientemente en la acción militar en Venezuela, cuyo presidente Nicolás Maduro está ahora esperando juicio en una cárcel der Nueva York, mientras que Washington se arroga el derecho de gobernar el país y de controlar su principal riqueza, que consiste en las mayores reservas de petróleo del mundo.
Otro ejemplo es la insistencia en tomar control de Groenlandia, el territorio helado que pertenece a Dinamarca y del que Estados Unidos quiere obtener las ventajas estratégicas de su geografía, así como de sus recursos naturales.
A diferencia de Venezuela, Trump no parece inclinado a una operación militar sino que desea comprar, como en su día ya se hizo con otros lugares del país, desde Louisiana, adquirida a Francia; Florida, cedida por España; Arizona y Nuevo México, compradas a México; Alaska, vendida por Rusia; y, más importante quizá, las Islas Virgenes, compradas a Dinamarca en 1917, a cambio de 25 millones de dólares en oro.
La importancia estratégica de Groenlandia no está en duda, debido a la creciente presencia de Rusia y China, los dos grandes rivales de Estados Unidos, así como el cambio climático que hace este territorio más accesible y sus recursos naturales más fáciles de extraer.
Lo que está en debate es la consecuencia de semejante acción: si la mayoría de europeos cree que Groenlandia no será cedida voluntariamente y que una acción de fuerza por parte de Washington acabaría con la ya debilitada Alianza Atlántica, en las costas americanas muchos creen que el país está casi obligado a tomar control de un territorio de creciente importancia estratégica y que, como líder de la OTAN, Estados Unidos reforzaría la alianza occidental.
El problema es que esta alianza no se halla en su mejor momento, en buena parte porque Trump parece poco interesado en sus amigos transatlánticos y entiende el mundo como una zona a repartir entre tres potencias: Estados Unidos en el hemisferio occidental, China en Asia y Rusia en Europa.
Semejante concepto daría al traste con el orden que hemos visto desde mediados del siglo pasado, algo que a Trump no parece preocuparle demasiado, como ha demostrado en su disposición a escuchar las exigencias de Moscú en Ucrania y a respetar las esferas de influencia de Pekín.