A veinte grados bajo cero en Mineápolis el aliento se congela pero la rabia arde. La ciudad helada es el epicentro de un inverno moral y no es la política migratoria sino un absoluto estado de sitio. El ICE, esa milicia armada nacida en 2003 bajo la paranoia post-11S para fusionar aduanas y fronteras, es hoy una falange militarizada y sin formación que actúa con una impunidad que estremece.
El motor de este mal tiene nombre propio: Donald Trump, y hay que denunciarlo casi cada día porque la convicción con la que ataca la disidencia y la diversidad pueden ser contagiosas. Ha desplegado a miles de agentes que transforman barrios en zonas de guerra, matando a madres impunemente, deteniendo a padres en escuelas o silenciando protestas pacíficas. Y podemos seguirlo casi en vivo, comprobar en los vídeos desde los móviles de la gente la magnitud de estos asesinatos con patente de corso federal: no discutas porque pueden descerrajarte unos cuantos tiros; son la ley, como en las pelis del oeste. Es todo como un pesadilla.
No es solo una caza al inmigrante; es una ofensiva contra la diversidad misma. La detención de ciudadanos de las naciones Oglala Sioux y Red Lake (los únicos habitantes con derecho original sobre esta tierra) revela el absurdo sistémico: se persigue por el color de la piel bajo la premisa de la extranjería en su propio hogar. Estoy escuchando en bucle a Prince, como homenaje y para desear algo de humanidad entre las noticias horrorosas que nos llegan de allí. Le escucho cantar: ahora se pregunta por qué va tan mal el mundo hoy, por qué la gente pobre sigue luchando sin encontrar una mano amiga (Dear Mr. Man); también cuenta que reza para que las sirenas de la policía pasen de largo esta noche mientras vuelan en círculo los helicópteros (Dreamer). Y así, qué mal todo.