La República Árabe Saharaui Democrática cumple hoy 50 años de existencia, resistencia a la ilegal ocupación de parte de su territorio por parte de Marruecos y de lucha por la autodeterminación, derecho que le reconoce la ONU, pero que está en riesgo porque lo que se impone en este tiempo es el desmantelamiento del orden internacional y su sustitución por la geopolítica del caos y del más fuerte.

Un conflicto de descolonización silenciado en los grandes medios de comunicación del Estado español y traicionado por enésima vez por los responsables oficiales de descolonización de forma democrática, porque de nuevo los intereses de la geopolítica y la ansia por el negocio de la apropiación y explotación de los recursos naturales se sobreponen a la legalidad internacional. El Sahara es una presa anhelada en el concierto de los intereses económicos.

Medio siglo desde la traición del Gobierno franquista en la agonía de sus últimos días al pueblo saharaui –eran ciudadanos españoles–, y a sus obligaciones internacionales padeciendo una situación de exilio y ocupación militar y colonización ilegales de su territorio. La democracia ha sucumbido al incumplimiento de sus propias normas. A aquella primera traición franquista, le siguieron todas las demás: la de Juan Carlos de Borbón y Felipe González, primero, y a partir de ahí las de los sucesivos gobiernos de PSOE y PP y ahora también del PSOE de Sánchez y de sus socios. Y de Francia y EEUU con el entusiasta apoyo del sionismo supremacista de Israel.

Se trata de la geopolítica ahora activa del neocolonialismo, expolio y robo al pueblo saharaui con la complicidad, una vez más de nuestro democrático Occidente. Para colmo, la ineptitud política de Albares halagando sumisamente al sátrapa Mohamed VI que dirige con mano de hierro y violencia los destinos de la zona desde Rabat. No sólo contra los saharauis, también contra la resistencia cultural del Rif o contra las protestas por la desigualdad social y la pobreza en el país. Todavía hoy, cerca de 200.000 personas siguen abandonadas en el desierto y refugiadas en los campos de Argelia y en los territorios liberados y decenas de miles más perseguidas, encarceladas y sometidas a la violación sistemática de derechos humanos en las zonas ocupadas. Al menos, no olvidarlos.