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Me ha costado horrores centrarme. Escribir no tiene mayor complicación si una sabe qué quiere decir. Si tiene decidido el tono y, como en este caso, el público y la extensión están predeterminados, no debería costar demasiado. Pero no arrancaba. Pensaba empezar contándoles que el sábado fue uno de esos día mansos que me gustan tanto. Un espacio donde el tiempo se expande. Como había programado, lo estaba dedicando a realizar pequeñas tareas pendientes y hacerlo me estaba proporcionando esa agradable sensación de competencia y cumplimiento que tanto me apacigua.
A media mañana me enteré del ataque de Trump y Netanyahu a Irán. Trump ataca cuando cierran los mercados y las malas noticias llenan las mañanas de los sábados. Desde que lo supe, quería hablarles de cómo dar espacio a esto que pasa. No desde el análisis político, hay muchos y muy buenos. Desde una condición previa.
Miré por la ventana y vi un adulto con dos niñas pequeñas con ropa deportiva, un padre que llevaba a sus hijas a una extraescolar y se paró a saludar a una señora que arrastraba un carro de la compra. Si estuviéramos en Irán, esa cotidianeidad, la del hombre y las pequeñas, la de la señora y la mía tal vez no sería posible. Cualquiera de los cinco podríamos haber muerto o los edificios, mi casa o el polideportivo o el supermercado, podrían estar destruidos o las calles intransitables o la mera excepcionalidad de la situación haría desaconsejable el paseo, la compra y mi mirada.
Le doy ese espacio para establecer una aproximación mínima, yo, que no he vivido una guerra y que, como ustedes, estoy saturada de imágenes. Me cuesta hacerme cargo de la enormidad de la destrucción en marcha. De su repetición, de la sangrante frivolidad que nos envuelve y condiciona.