Este domingo se celebra el Día Internacional de la Mujer. El 8-M es un día de esos que el calendario anual dedica a poner en el foco político, mediático e institucional en una situación de alerta. Y más allá de las estadísticas y los duros datos que aportan, más allá de los repetitivos tópicos comunes que envuelven la realidad de la violencia contra las mujeres en un mundo de frases hechas, tanto en el lenguaje como en las escenificaciones públicas o en los mensajes institucionales, lo cierto es que los avances que se han ido logrando en la lucha contra el machismo en todas sus expresiones no son suficiente. Y ni siquiera está asegurada su continuidad.
Coincidiendo con la fecha, se han publicado encuestas y estudios sobre igualdad de géneros que advierten de una regresión machista en las nuevas generaciones. La llamada Generación Z (entre 14 y 29 años) tiene un porcentaje de jóvenes que en un 30% sostienen viejas posturas tradicionales respecto a las mujeres, como que la esposa siempre debe obedecer al marido o que el hombre debe tener la última palabra en las decisiones importantes.
También crece, aunque menos, el porcentaje de mujeres que asumen esos roles tradicionales y la desigualdad de derechos de la mujer y llegan a posiciones de ultraderecha más despacio. Una vuelta al pasado.
La violencia contra las mujeres existe, tiene responsables y en gran medida es estructural en la sociedad. Hay que ser realistas y admitir que hay una involución en el día a día en esa batalla contra el machismo y el reguero de muerte, agresiones y sufrimiento que le acompaña.
Al mismo tiempo, hay un discurso político y cultural en auge que cuestiona la validez de los valores de una convivencia integral y tolerante. Que blanquea la violencia machista y señala a los diferentes sean cuales sean sus diferencias.
Una agresiva campaña social y política de corte negacionista por parte de sectores de la derecha y, sobre todo, por la ultraderecha espoleada por su blanqueamiento institucional y mediático. Hechos graves que están siendo consentidos y alimentados desde medios de comunicación, redes sociales, influencers y partidos políticos que están poniendo en riesgo los consensos básicos alcanzados.
Una regresión al alza que utiliza el antifeminismo, la seguridad ciudadana, las migraciones, el rechazo racista, religioso o sexual o la naturalización política de la violencia contra las mujeres para agitar la sociedad, laminar las instituciones y destruir la credibilidad social de los valores fundamentales de la democracia.
Se pudo ver tal cual ayer en el Parlamento de Navarra con Vox de impulsor y PP y UPN de obligados seguidores en la particular competencia que mantienen las derechas, cada vez más extremas, con la ultraderecha. Un uso chusquero de la mujer para sus intereses partidistas y políticos.
Nada esta garantizado en este incierto y errático siglo XXI.