Euskadiko Orkestra
N. Lugansky, piano. Juraj Valcuha, dirección. Obras de LIadov: El Lago Encantado. Rachmaninoff: concierto n. 3 para piano y orquesta. Bartok: concierto para orquesta. Baluarte. 14 de abril de 2026. Prácticamente lleno.
En las varias comparecencias de Nicolai Lugansky en nuestra ciudad, le hemos escuchado gran parte del universo pianístico: Bartok, Brhams, Debussy, Prokofiev, Chaikovky, y, por supuesto, Rachmaninoff, que es, desde sus comienzos, el compositor que más le han pedido. Ahora está enfrascado en Shumann, y ha grabado transcripciones para el piano de las óperas de Wagner, hechas por él mismo, muy trabajosamente y lápiz en mano, según declara en la revista Scherzo de este mes de abril. Así que ha roto las costuras del formidable repertorio pianístico, para volver a experimentar lo que es escribir sobre un pentagrama, no lo hacía desde hace treinta años. ¡Qué interesante será escuchar toda la inabarcable sonoridad wagneriana, en “solo” dos manos, y el pedal, claro! Lugansky acaba de venir de Seúl, así que, también, abarca, físicamente, el mundo entero.
El concierto para piano y orquesta número 3 de Rachmaninoff se enmarca, fundamentalmente, en el excepcional virtuosismo que requiere su ejecución; también en la exigente sonoridad que hay que sacarle al piano; a ratos, por encima de la propia orquesta. En su época fue casi tan popular como el segundo, hoy día, menos. Es un concierto que parece excesivamente cargado de notas (con perdón), con densidades que se acercan a la música ortodoxa rusa, y que, a ratos, nos llega con cierto amontonamiento. La verdad es que, entonces, nos fijamos en el pianista, y su parte, que transcurre en muchos momentos, en la parte aguda del teclado, sobresale y clarifica la enorme frondosidad de la composición.
Euskadiko Orkestra
N. Lugansky, piano. Juraj Valcuha, dirección. Obras de LIadov: El Lago Encantado. Rachmaninoff: concierto n. 3 para piano y orquesta. Bartok: concierto para orquesta. Baluarte. 14 de abril de 2026. Prácticamente lleno.
Lugansky aborda su versión con una extravertida sonoridad pianística, fruto de su seguridad y solvencia técnica, y una comprensión total del alma del compositor (siempre las dimensiones rusas). Y no solo en los matices “fuerte”, sino también en la bella inspiración melódica del “intermezzo”. El deslumbrante –por el despliegue técnico– del final, provocó bravos en el público. De propina, la parte más conocida de las “Escenas de niños” de Schumann. Me encantó porque la hizo con austeridad, calma y contención, sin la melosidad que, a veces, se escucha. Realmente está metido en Schumann.
“El Lago Encantado”, de Liadov, que abría la velada, es una bellísima poesía sonora. La textura tímbrica de la orquesta expresa fielmente el temblor del agua, el centelleo de las estrellas… Un verdadero embrujo que dura poco, pero que atrapa y transporta. Excelente versión de Valcuha y la orquesta. Desgraciadamente algún listillo aplaudió antes de que el director bajara la batuta, algo que ya no se suele dar entre los abonados. El silencio también es música, hay que recordarlo.
Tampoco es un desconocido para nosotros, ni para la orquesta, Juraj Vacuha. Hace 10 años cuadró una estupenda sinfonía número 5 de Prokofiez (DN.16-6-2016). Hoy nos ofrece el Concierto para orquesta de Bela Bartok. A este hombre se le dan bien los compositores especialmente esquinados en cambios de compás, ritmos y juegos (algunos peligrosos) orquestales. Toda la orquesta –frondosa– es un mar de solistas, y el dominio de la partitura desde la batuta es tal, que a todos atiende, a todos da las entradas. Su versión no solo fue clara, sino además, clarividente, o sea, que prevé y percibe, lo que para otros pasa inadvertido. Con esa seguridad del podio –quizás algún pasaje, corto, algo inmisericorde con el tempo rápido–, los profesores solistas (del flautín al contrabajo), contribuyeron a la buena versión de la obra.