En el momento en que alejas del ruido del mundo, ya empiezas a sentirte mejor. Es inmediato. Seguro que lo has notado alguna vez, si eres una persona afortunada, claro. La sensación es tan real que suscita preguntas profundas. No obstante, hacer alarde de ignorancia y necedad se está poniendo de moda. En muchos foros. A muchos niveles. Incluso a nivel parlamentario. Y además con mucho ruido. Con fiereza.
Gente que grita, gente que amenaza, gente que dice que hay que usar la violencia y levanta el mentón a medio metro de tu cara, como le hicieron a Unamuno. Esa fiereza sale del miedo. No es buena señal, claro. Supone una cierta reivindicación del derecho a la ignorancia. Y en el fondo hay algo comprensible en ese miedo al conocimiento (la historia está cogiendo velocidad, lo estamos viendo todos). Pero también hay falta de conciencia en esa actitud. Porque la vida no se detiene. Ni levanta el pie del acelerador. Y si algo caracteriza al espíritu humano es la sed de conocimiento. Habrá que esperar a que se calmen los aullidos de los lobos. Pero se acabarán calmando. La irrupción de la irracionalidad tribal es como un sarpullido social que se produce en momentos de pánico colectivo inconsciente.
Alardear de ser necio, está pasando ahora, lo sabemos, y es triste, pero parará, Lutxo, le digo. Estamos ahí, un día más Lucho y yo, en la terraza del Torino, hablando de lo divino y de lo humano, y le digo que parece que el sarpullido ultra está empezando a remitir un poco. Y me dice: ¿Estás seguro? Y le digo: No del todo. Y me dice: Podría tratarse de una remisión pasajera, previa a un nuevo rebrote aún más virulento. Así que le digo: Pase lo que pase, pasará.