“En mi generación había lucha generacional, sí, pero tenía más que ver con las ideas que con la edad. Ahora te encuentras con jóvenes defendiendo ideas más viejas que las de muchos viejos”.
La frase del escritor Iñaki Larrimbe no incomoda, retrata. Porque cada vez es más fácil reconocerlos: jóvenes que no discuten, que repiten. Ideas que circulan por redes sociales, simplificadas y convertidas en consignas. No hace falta pensar demasiado cuando todo viene ya masticado. Larrimbe desmonta así otra ilusión: que la juventud, por sí sola, empuja hacia adelante.
Ahí es donde encaja lo que explica Antonio Maestre: el auge de estos discursos se apoya en emociones como el miedo, el resentimiento o la frustración. Se filtra en lo cotidiano, en comportamientos normalizados como la burla, el desprecio o la humillación al diferente. Son discursos que prometen orden a cambio de señalar a otros; lo que él llama microfascismos.
También señala que los avances del feminismo suelen ir acompañados de reacciones en contra. En ese contexto, algunos hombres jóvenes se sienten agraviados o desplazados, lo que puede hacer más atractivos ciertos discursos reaccionarios. No es algo que ocurra de golpe; es progresivo, se asume poco a poco.
En ese proceso, hay jóvenes que adoptan estas ideas en grupo, reforzándose entre iguales. De igual modo, hay chicas jóvenes que se acoplan a esa terrible realidad para ser aceptadas por el otro sexo como una forma de socialización. La edad ya no marca la diferencia, la lucha ya no es generacional. Es otra cosa: una división entre quienes entienden que el mundo es complejo y quienes prefieren reducirlo.