Los datos sobre el incremento del crédito a las familias conocidos esta semana en el Estado –camino del 5%– arrojan un titular que podría despertar viejos fantasmas: el volumen de financiación crece a ritmos no vistos desde los prolegómenos de la burbuja financiera de 2008. Sin embargo, trazar paralelismos automáticos con aquel estallido puede acabar siendo precipitado.
La economía actual transita por unas coordenadas estructurales muy distintas. Mientras que hace casi dos décadas el endeudamiento familiar se alimentaba de un apalancamiento –deuda acumulada– insostenible, el repunte actual parte de una base mucho más saneada. Las familias han dedicado los últimos años a reducir su deuda, situando la ratio sobre el PIB en niveles históricamente bajos. Por tanto, este renovado apetito por la financiación no debería desvincularse de un entorno de dinamismo. Pese a la incertidumbre macroeconómica, en las economías domésticas ha vuelto la confianza y esto ha reactivado decisiones de gasto e inversión que habían quedado postergadas.
El acceso al crédito para la vivienda o la renovación de bienes duraderos es el engranaje natural de una economía que avanza. En entornos de sólida tradición ahorradora como Euskal Herria, este movimiento denota, además, una clara percepción de seguridad en el mercado laboral a medio plazo, ratificada por las cifras de afiliación y ocupados. Pero la prudencia exige no obviar el reverso de la moneda. En un escenario en el que el coste de la vida ha consolidado un escalón superior con subidas continuadas de precios, una parte de este repunte crediticio podría no responder a inversión, sino a la necesidad de mantener el poder adquisitivo.
El recurso al crédito al consumo para suavizar los desajustes en la economía doméstica o hacer frente a gastos corrientes sería un indicador que conviene seguir muy de cerca. No nos encontramos ante una emergencia sistémica ni a las puertas de una nueva burbuja, pero sí ante un recordatorio de la vulnerabilidad de las rentas medias y bajas frente al encarecimiento del nivel de vida. El diagnóstico invita a no descuidar el necesario fortalecimiento de la renta real de la ciudadanía. La financiación debe ser una herramienta de progreso y bienestar, no una muleta para la supervivencia. Existe pulso económico y hay que hacerlo sostenible.