Tanto las telenovelas de los 80 (Dallas, Falcon Crest) como los dramas modernos (Succession) no inventaron nada nuevo; se basaron en conflictos universales que ya estaban en el teatro de Shakespeare o en la mitología griega: el choque entre el rey (el fundador) y el príncipe heredero. Y hoy, cuando el público, las redes o los medios ven que en Mangohay un conflicto por la herencia, un cambio en los planes sucesorios (la fundación benéfica) y reproches mutuos, el cerebro humano activa el “chip” de la ficción en modo Netflix. Nos atrae comprobar que las fortunas no inmunizan a nadie contra el desamor, el odio, la vanidad, la usura o la tragedia familiar.
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De los ochenta a ahora hay cosas que no han cambiado. Otras sí. Los valores han cambiado. Culpar en este presunto choque únicamente al heredero –siguiendo esa ficción mental– es ignorar quizás que se ha criado en la sociedad hipercompetitiva y fría que nosotros mismos hemos construido. Herederos que crecen bajo una presión descomunal, marcados por una globalización salvaje y la frialdad de unos mercados financieros donde solo importan los números. Rara vez analizamos además la trampa que es crecer en la abundancia absoluta.
Imagino a esos empresarios, devorados por las exigencias de sus imperios, delegando la crianza en lo material como tantos padres acomodados. Darlo todo en lo económico pero descuidando los límites, el tiempo y la educación emocional... o pensando que los hijos nunca estarán a la altura de lo que él fue, que no tienen su disciplina, su autoridad moral, su carisma, el del que construyó el imperio de cero... Y en muchos casos puede que tengan razón.