El miércoles, tres cuerpos policiales vaciaron dos fábricas okupadas en Vitoria-Gasteiz, donde se hace la ley. Allí identificaron a 119 individuos,casi todos de origen magrebí, la mayoría llegados de Marsella, más de la mitad en situación irregular y siete con órdenes de expulsión. El origen de la operación es la sospecha de que muchos son delincuentes reincidentes y algunos, atacantes de personas mayores en la capital alavesa. De hecho, en el registro encontraron bastantes objetos robados, bolsos, relojes, teléfonos, ordenadores, colgantes, carteras, tarjetas, bicicletas, patinetes, material de obra…
Usted, claro, lo puede creer o no, y buscar una explicación alternativa al trasterío acumulado. También puede minusvalorar la noticia, tirar por Marx o por Diógenes y hasta pasar por alto el detalle marsellés. Lo cierto es que, sea por García o por Albiol, vamos asistiendo cerca a desalojos similares, gobierne la derecha, la izquierda o el centro comercial. Y, ¡sorpresa!, la reacción política aquí es muy distinta a la que dedicamos a quien hace algo parecido en Badalona, un suponer. En casa trota el caballito blanco.
Entonces me acuerdo del portal. Se debatía la contratación de un servicio de limpieza y un vecino se opuso con un argumento, a su juicio, definitivo: “A mi mujer no le cuesta nada hacer la escalera”. Yo, ya digo, lo recuerdo cuando alguien se luce en su bonhomía, casualmente blindada por las decisiones incómodas que toman otros. Es el deporte favorito del país: acostarse con la conciencia muy limpia, mientras unos sujetos imperfectos se ocupan de mantener extramuros de nuestra vida toda sombra de intranquilidad. Somos el copón.