Todos nos enfrentamos a las dudas que tenemos todos. Que son las que son, obviamente. Las de toda la vida. No obstante, reconozco sin pena que ya empiezo a sentirme un poco confuso. Últimamente, quiero decir. ¿Será la edad, tal vez? ¿Será el champán? Misterio. Cuando al gran Carl Jung, tras separarse de Freud, le preguntaron cómo es la persona íntegra, dijo que tienes que salir de ti para llegar a ser tú mismo, Lutxo. O sea, que tienes que escapar de ti mismo para alcanzarte. Porque si te quedas, te pierdes. No sé si me explico. Parece un galimatías, viejo gnomo, le digo. Y entonces me dice que a su cuñado Matías le llaman así: El Galimatías. Vale. Porque no se le entiende nada cuando habla. Entendido, le digo. En realidad, todos tenemos un cuñado al que podríamos denominar, más o menos en broma, con ese mismo apelativo: El Galimatías. Este país está lleno de cuñados de ese estilo o parecidos. De sesgo galimatiyesco, podría decirse. En cualquier caso, la belleza está en todas partes. Esa es la cuestión central de hoy. La belleza es magia. Ya sabemos lo que es la magia. Tocaremos en cualquier parte y a la hora que sea, le dijo uno de los Blues Brothers al otro, en aquella ocasión memorable, ya sabes. La magia te puede saltar en cualquier sitio. Y a la hora que sea, por supuesto. Incluso durante la huida y en los momentos más tensos. Pero tienes que estar atento, claro. ¿Atento?, dice. Sí, atento, digo yo. Porque si no te fijas, si no la vas a ver, ¿para qué se te va a aparecer a ti la belleza, viejo y reseco endriago de los páramos?, le digo. ¿Me lo puedes explicar? ¿Para qué diablos se te va a aparecer a ti la belleza, si no la vas a ver porque no vas a estar atento? La tienes que ver, eso es lo que te estoy diciendo. Tendrías que estar atento, le digo. Y me suelta: Esperemos que sea para bien.