Euskadiko Orkestra
Intérpretes: Boris Giltburg, piano. Michal Nesterowicz, dirección.
Programa: Obras de Prokofiev y Tchaikovsky.
Lugar y fecha: Baluarte. 5 de junio de 2026.
Incidencias: Lleno.
A los que tenemos cierta edad, la versión que el maestro Nesterowicz hizo de la quinta sinfonía de Tchaikovsky nos transportó a aquel sonido apabullante con el que la Orquesta Filarmónica de Leningrado nos deslumbró en la interpretación de la Patética del compositor ruso. Fue en mayo de 1989, el muro de Berlín caería en noviembre. Entonces el gran Yuri Temirkanov al frente. Hoy el, no menos grande, por lo menos en este repertorio, Nesterowicz.
La Euskadiko Orkestra ha cerrado la temporada con unas versiones de dos compositores rusos –Prokofiev es el otro–, especialmente inspiradas por el espíritu de las partituras: el espectacular devenir del virtuosismo, casi imposible de ejecutar, en Prokofiev; y el profundo dolor, (y gozo), que atraviesa las últimas sinfonías, de Tchaikovsky. El pianista, también ruso, Boris Giltburg, apenas pasados los primeros compases de la dulce melodía del andante, que abre la obra, nos introduce en el fulgurante arrebato que predomina en la partitura.
Todos los recursos pianísticos caen sobre el teclado: acordes martillados, glissandi, continuas escalas de la zona grave a la aguda, retos rítmicos con la orquesta, etc. En el andantino con variaciones, todo se calma un poco, pero sigue el piano con octavas rotundas y precisas mientras la orquesta toma el tema. El allegro es incontinente para el solista, y Giltburg deslumbra con el contraste entre lo lírico (poco), y lo, endiabladamente rítmico. Los oyentes nos metemos en ese panorama estresante, agitado, pero en una tensión feliz. Sin apenas dejar que se calmen los ecos de semejante expresión sonora, el solista se sienta para dar una sosegada propina (Shumann, creo), y parece correr una cortina sobre lo anterior.
Incidencias: Lleno.
Claro que las propinas gustan al público, pero estos saltos tan radicales, no sé yo. Nesterowicz nos ha visitado en varias ocasiones. La primera vez (DN.19-4-2011) nos impactó con la versión que logró con la Sinfónica de Navarra, de la Primera Sinfonía de Shostakovich. Así que, efectivamente, como dicen las notas al programa, y, aunque eso de especialista no suele gustar a los directores, la verdad es que a los compositores rusos les saca su entraña, en esta ocasión, con una grandiosidad y romanticismo, que hacía mucho tiempo que no escuchábamos.
La versión de la número 5 de Tchaikovsy fue de referencia:
1.- Magnífico comienzo, tempo lento, acentos en la cuerda grave, tensión de drama que espera alivio. Entra el tema y el titular, sin podio (es alto), sin batuta, va a amasar con sus manos un rubato (o sea, llevar a la orquesta a su tempo y medida) admirable.
2.- Siempre va a salir una sonoridad potente de los graves en la cuerda (bajo continuo), así el metal puede ser brillante, pero, siempre, partiendo el volumen del resto de la orquesta. Buena preparación a la entrada de la trompa, a la que deja cantar. Extraordinario manejo de la dinámica, o sea de los grados de intensidad. El tema en violonchelos, bellísimo. El final en pianísimo, como un suspiro.
3.- Lirismo. Un punto, hermosamente, arrastrado, en el fraseo para hacerlo aún más romántico. Se agradece el criterio, que hoy día a algunos parece exagerado y es tan fundamental en Tchaikovsky. Da gusto ver cómo la orquesta sigue al gesto. Suena como el gesto. Nada se escapa a los finales que indica: precisos, redondos, conclusivos.
4.- Sonoridades y amplitudes, diríamos, Siberianas, por la extensión de los matices fuertes; restallantes en el metal, cuando se les pide, pero, también, haciendo bellos diminuendos. La coda final, extraordinaria. Una de las más cerradas ovaciones del curso. Final grandioso.