Después de unos cuantos días de dimes y diretes del principal club deportivo de Navarra, salvada la categoría in extremis y asegurados así unos jugosos ingresos para las arcas forales –comprendo de sobra a los críticos del fútbol profesional, pero hay que recordar que los sueldos de la plantilla dejan varios millones de euros al año en Navarra, que son muchos menos si juegan en Segunda–, ya tenemos entrenador: Ramis. Confieso que no sabía de la existencia del Ramis entrenador, mientras que mi imagen de él se remontaba al milenio pasado, cuando jugó en Madrid y Tenerife, entre otros. Llega con la vitola de 10 años entrenando en Segunda y ninguno en Primera, lo que, para algunos, pueda ser un hándicap. No creo: Alzate, Zabalza, Aguirre y otros muchos no tenían experiencia ninguna en la Primera División Española y fueron grandes entrenadores aquí.
El caso es que los análisis técnicos y las comparaciones se suceden. Que si será defensivo o no, que si esto que si lo otro, cuando, creo yo, lo más importante de todo cuanto vaya a acontecer tiene más que ver con la plantilla que arranque el curso –si sigue o no Víctor, que será complejo, si jugadores otros años más enchufados que éste pasado recuperan el tono, etc– que con quien los dirija. Siendo importantes, que lo son y también en el plano de qué papel otorgan a la cantera, creo que el peso de los entrenadores se ha sobredimensionado en los últimos lustros, adjudicándoles una importancia no sé yo si excesiva en todo cuanto acontece o deja de acontecer en el campo. Sea como fuere, como va a ser nuestro míster y a él se le encomienda la tarea de llevar adelante una estructura tan valiosa, solo cabe desearle lo mejor, que se empape rápido de qué nos gusta aquí y qué no, que transmita a plantilla y grada –esto último no lo han logrado ni Vicente ni Lisci– y que, en resumen, caiga con buen pie. Su suerte será la nuestra. ¡Benvengut!