Ayer, en estas páginas, Julen Rekondo explicaba la importancia de lo que pasa con El Niño, y le agradezco la claridad y el compromiso que desplegaba. Lo que se pensaba una oscilación de las temperaturas del Pacífico ecuatorial es ya el mayor ejemplo de cómo el clima está cambiando, con consecuencias derivadas en todo el planeta, cada año más y más.
Cada vez es más difícil, por otro lado, negar lo que estamos viviendo, también en nuestro entorno más cercano. Precisamente este domingo, una vez más, las autoridades alertaban de temperaturas extremas. Nos hemos acostumbrado tanto a estos avisos que apenas levantan una ceja.
Es una lástima que iniciativas como las Campanas por el Clima no hayan arraigado aún: escuchar un toque extraordinario desde los campanarios ayudaría a comprender que no hablamos de una incomodidad pasajera, sino de un riesgo creciente, más para quienes ya son más vulnerables. Y nos llega a un planeta que ya hemos calentado quemando carbón, petróleo y gas; a una economía que sigue confundiendo prosperidad con consumo ilimitado y crecimiento con extracción. El fenómeno es natural; el contexto en que ocurre, no.
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, escribió Monterroso. Nosotros seguimos despertando cada verano y el problema sigue ahí, más visible. Decimos “viene el verano” con la misma ligereza con la que en los cuentos se decía “que viene el lobo”. Pero el lobo ya está llamando a la puerta en forma de incendios, sequías, inundaciones y récords de temperatura.
El secretario general de la ONU ha advertido que El Niño echará “más combustible al fuego de un mundo que se calienta”. La cuestión no es si el aviso será falso ni si afectará a otros. La cuestión es cuánto tiempo más seguiremos actuando como si la próxima campanada no fuera también para nosotros.