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EmocionesJavier Bergasa

Hace ahora veinte años que la revista Time, que cada doce meses elige a la persona más relevante del año, te escogió a ti en su portada. Person of the year, you, titulaban. Con ese you escrito en el fondo de la pantalla de un ordenador, Time inauguraba un nuevo mundo, uno en el que todos íbamos a ser capaces generar contenido e influencia a través de la red.

Dos décadas después la información que recibimos en el teléfono móvil no es más fiable, al contrario, aunque sí muchísimo más abundante, masiva. El individuo se ha convertido en el protagonista máximo. No importa disfrutar del mejor concierto, lo relevante es que sepan que has estado, que grabes lo mismo que los 800 que tienes al lado; estar en la casita de Bad Bunny, pero que te vean, claro. Que todos sepan si te ha gustado o no, cómo te ha hecho sentir, si has sido feliz.

Tenemos hasta emoticonos para describirlo todo. Las emociones pesan cada vez más, hemos perdido el miedo, sobre todo los más jóvenes, a hablar de ellas, como recordaba hace unos días Txema Burgaleta. Y seguramente es bueno. Pero hay pocas cosas mejores que disfrutar de la emoción de lo colectivo, de la felicidad compartida, todos de un blanco que nos iguala un poco. Aunque solo sea un espejismo, de un día, de una noche, o de nueve días con sus noches, como es el caso.