"Vivirlos es imprescindible para entenderlos”. La frase de Pello Reparaz durante el chupinazo resume mejor que cualquier discurso lo que son los Sanfermines. Ayer hubo imágenes que lo explican sin necesidad de grandes palabras: un barco vikingo navegando sobre la plaza del Ayuntamiento mientras Noruega vive estos días un inesperado idilio futbolístico; vecinos lanzando agua desde los balcones para aliviar un calor sofocante; miles de personas cantando, abrazándose y celebrando como si se conocieran de toda la vida. Eso es lo que los antropólogos definen como una comunidad emocional.
Durante unos días, la ciudad deja en un segundo plano las diferencias de edad, profesión o ideología y comparte unos mismos símbolos: el pañuelo rojo, el chupinazo, las peñas, la música, el encierro. Y un espíritu vikingo, un tanto salvaje que nos mide ante nuestra propia energía animal o ante la fuerza del toro. No son solo tradiciones. Son un lenguaje común que hace que el individuo deje de ser protagonista para sentirse parte de algo mucho más grande. Quizá ahí resida la fuerza de los Sanfermines. En una sociedad cada vez más individualista, pocas celebraciones siguen siendo capaces de reunir a toda una ciudad alrededor de un mismo ritual. El 6 de julio no solo comienzan nueve días de fiesta. Pamplona renueva, un año más, ese pacto invisible que la une consigo misma.