He dedicado mi vida profesional a la actividad que más me atraía y para la que más aptitudes tenía y he ido desarrollando. Pero a la pregunta que todo el mundo suele contestar con un “no borraría nada de lo que he vivivo” yo contestaría que sí lo haría.

En mi tercer trabajo, de los 7 u 8 por los que he pasado, hubo un cambio en la dirección, en un momento dado. Mis funciones conectaban y respondían directamente ante la misma y detecté desde el principio una animadversión declarada hacia mí. Con una sonrisa, eso sí. Lo típico, me cambiaron de ubicación, me pusieron alguien al lado, recortaron mis “privilegios”, empezaron a dudar de mi disposición y eficacia, etc.

Cuando aquella persona pretendió controlar mi trabajo mediante poco menos que un cronograma minucioso, colapsé. Colapsar significó que me vine abajo, perdí el control de mí mismo, primero, y, como consecuencia, de todas y cada una de las ramas de mi vida, por supuesto de mi trabajo (entonces sí), y de mi familia (no soportaba que nadie se acercara a menos de dos metros, y menos que pretendiera animarne, como si mi problema tuviera su origen en una forma de tristeza o decaimiento). Fisiológicamente, tenía problemas para comer y para dormir, como una cierta apatía que me corroía por dentro hasta dejarme impotente para cualquier actividad física o mental. Tenía verdadero miedo a no sabía qué, pero sobre todo a no poder reaccionar, desde mi “invalidez”. Era como si mi vida hubiera llegado a algo peor que el final, porque estaba vivo y sin capacidad de reacción. Fui al médico, que, a su vez, me reenvió directamente al psiquiatra, que me recetó unas pastillas (en mi mínima lucidez, no se me ocurrió tomarlas) y me extendió una baja que dediqué a buscarme a mí mismo a través de ejercicio físico, sobre todo montaña. En aquellos días subí el Malkaitz ni sé cuántas veces, hubo días que dos. Lo elegí por ser el más próximo a mi casa y para no utilizar el coche. Era puro instinto de supervivencia. Al principio, durante mis paseos diarios, mi mente sólo pensaba redundantemente en mi problema, mi trabajo, la persona que lo había truncado sin motivo, mi incapacidad, mi invalidez, mi imposibilidad de reacción, mi vida acabada, mi entorno agobiándome con sus “ánimos”, todo en un batiburrillo y dando vueltas en mi cabeza sin parar. Digo mi mente porque se ponía en marcha sola y no paraba en todo el día. Ver llegar la noche era mi mayor suplicio, me daba miedo dormirme porque pensaba que no volvería del sueño. Al amanecer, vuelta a empezar, día tras día.

Paulatinamente (fue como pasar del invierno al verano), los momentos de disfrutar del paseo fueron creciendo, hasta que llegó un día en que sólo salía a disfrutar. Me fui olvidando del problema. Pero, claro, había que volver a la raíz del mismo, mi trabajo, y sin que, de nuevo, me derrumbara. Se trataba de dominar la fuente, el origen y doblegar mentalmente al enemigo (había realmente un enemigo). Y lo conseguí, mi hermano también colaboró, sin merma de mis facultades.

Conocer además a Mikel fue mi salvación. Me dedicó tiempo, grandes dosis de paciencia y numerosas páginas escritas con pluma estilográfica, en las que reflejó toda mi trayectoria, para sacarme del pozo oscuro en el que me encontraba, hasta que, al fin, pude ver la luz. No fue tarea sencilla y hubo varias recaídas hasta que volví a sentirme como antes.

Pero lo conseguimos. La iniciativa de esta carta surge de mi agradecimiento por su ayuda, por una parte. Y, por otra, para que si alguien se encuentra en situación parecida no se derrumbe y le sirva mi experiencia de pista, ya sé que sólo de pista, para seguir buceando hacia arriba, hacia la luz, tenue al comienzo, pero que existe. A los entornos (sé que es crudo), por favor, distancia y únicamente acompañar. De verdad, es muy difícil ayudar, por muy buena voluntad y cariño que se ponga en el empeño. Es mi experiencia, claro.