Si fuéramos capaces de ponernos en el lugar de quien pierde a varios seres queridos, si nos pusiéramos en la piel de las madres que ven morir a sus hijos, no a un solo hijo, que ya es dolor inmenso. Si fuéramos tan empáticos que visibilizáramos el grito interminable de dolor de un pueblo entero, si el desgarro emocional nos interpelara a cada una o uno de nosotros, es probable que la movilización masiva en las calles habría causado el impacto necesario en los señores de las guerras. Yo sigo creyendo que un mundo puesto en pie pidiendo, clamando por la paz es capaz de movilizar lo que los organismos internacionales no consiguen. La tibieza de algunos comunicados, los intereses que mueven los negocios que prosperan alrededor de las guerras, frenan cualquier iniciativa para conseguir la paz en el mundo. Todas las guerras son inhumanas, en todas se priorizan intereses ajenos a la vida, en todas se sacrifican vidas humanas en favor de un bien superior.

Será que no hemos vivido dolores de pérdidas, sentimientos profundos de soledad por ausencias definitivas, será que no sabemos cómo se va formando en el interior un nudo espeso que nos atenaza ante lo inevitable. Tantas emociones vividas como humanos que somos en nuestro pequeño mundo, el mundo de la familia, de los amigos, del vecindario con el que tenemos una pequeña relación, parece que no nos conmueven lo suficiente como para que salgamos a la calle, proclamemos en voz alta que sentimos y padecemos los males propios y por eso comprendemos los males ajenos.

Qué tienen que vivir tantas madres y padres que ven morir a sus hijos por falta de alimentos, por falta de asistencia médica. Cómo parar su llanto interminable. Cómo responder a sus por qué, qué respuestas dar a tantas preguntas infantiles cuando la única explicación que pueden darles es la del odio de quien ordena destruirles con todo tipo de armas. Qué tienen que sentir tantas personas que corren despavoridas hacia ninguna parte porque ningún sitio es seguro para salvar la vida. Qué locura tiene que vivir todo un pueblo que contempla impotente cómo se derrumban sus viviendas y bajo sus escombros se pierden para siempre las personas que compartieron sus vidas. Qué ha de ocurrirnos a los seres que poblamos la tierra, que estamos urdidos de emociones, que dicen que somos inteligentes, para que nos movilicemos en bloque pidiendo piedad. Quizás, es que no vemos a los muertos, que no son de los nuestros, que no viven con nosotros. Puede ser que funcione el narcótico de la distancia. Si no fuera así, el clamor mundial habría detenido tanta barbarie. Incluso habría hecho retroceder el inmenso negocio de las armas, del que se nutren las guerras. No puedo entenderlo de otra manera.

Dicen que nada es tan importante como la vida humana. Los mismos que defienden esta verdad parece que hacen oídos sordos ante las guerras que destruyen muchas vidas humanas. Las bombas y armas mortíferas cada vez más sofisticadas son lanzadas contra pueblos enteros en nombre de un bien superior. En el hervidero de odios que alimenta el holocausto todo vale en nombre de una religión, de una nación, de una patria, de un trozo de tierra. No hay lugar para la compasión. ¡Qué tragedia que parece no tener fin!

Qué difícil la esperanza en el entendimiento, en la paz duradera. Sin embargo, en ese lugar oscuro donde se asientan las emociones necesitamos urgentemente un espacio para la esperanza. Estamos irremediablemente perdidos sin ella.