“Vieron y fue una mirada vana; escucharon, pero sin oír; similares a las formas de los sueños, pasaban su larga existencia confundidos y sin rumbo”: así describió Esquilo a los hombres antes de que Prometeo les trajera el fuego, es decir, el conocimiento, del mundo divino. Pero el conocimiento no se distribuyó equitativamente.
Lo que incluso hasta puede ser peor es cuando la epidemia de ignorancia va acompañada de hostilidad hacia el conocimiento, y el desprecio por la competencia y el rechazo de la racionalidad van de la mano de la autoestima de los incompetentes y del antielitismo.
Por esta razón nos preguntamos cada vez más cómo podemos evitar tener incompetentes en la cima de la sociedad, en el cuerpo político.
Una respuesta en la dirección neoplatónica la dio en 2016 un agudo estudioso estadounidense, Jason Brennan, quien en un exitoso libro, Contra la democracia, propuso diferentes formas de epistocracia, es decir, de gobierno de aquellos que saben, para distribuir el poder político en proporción al conocimiento y la competencia. Una de las provocativas propuestas de Brennan es someter a los votantes a un examen para medir sus conocimientos (posiblemente también permitiendo votar a aquellos que no aprueban el examen, pero sujeto al pago de una multa). Otra propuesta es quitarles el derecho a votar (pero no a participar en partidos) de forma aleatoria, por sorteo, y reunir a los restantes para participar en un proceso de construcción de competencias. Otra propuesta es combinar el sufragio universal con el veto epistocrático (el parlamento hace las leyes, pero un pequeño consejo epistocrático puede deshacerlas).
Me parece que hay dos problemas que abordar si queremos respetar el principio democrático: cómo garantizar una mayor competencia en el electorado y cómo garantizar funcionarios electos competentes. En cuanto al primer problema, uno puede preguntarse por qué en sociedades con educación masiva se requiere que todos tengan cierto conocimiento de lengua, escritura, matemáticas, pero no de política e instituciones. En cuanto al segundo problema, los partidos –escuelas de democracia– han desaparecido, cabe preguntarse si no deberían promoverse los think tanks, lugares de formación, aprendizaje y práctica en el gobierno democrático. Platón, en el Protágoras, explicaba que “el hombre tenía sabiduría para la vida práctica, pero no poseía sabiduría política”. En casi todo el mundo, nuestras sociedades siguen buscando esta segunda sabiduría.
¿No estamos ya cansados de la incompetencia? Una muestra de ese hastío es la muchedumbre –130.000 personas– que recorren el centro de la ciudad de Valencia para expresar su protesta por la inacción de las instituciones antes y después de la DANA.