La encíclica Laudato Sí del Papa Francisco, sobre el cuidado de la casa común, recoge el trato que el santo de Asís le daba, llamándola hermana y madre. Y añade: “la violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados está nuestra oprimida y devastada tierra, que “gime y sufre dolores de parto” (Romanos 8,22). Laudato Sí.
Explorando las antiguas enseñanzas de la fe a la luz de la crisis ecológica actual, Laudato Sí nos recuerda que todo está relacionado, y todos estamos juntos como en una peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la hermana madre tierra.
Cuidar de la tierra es cuidar de todos, es garantizar los derechos humanos, sobre todo de los marginados, de los que no tienen quien los proteja; en definitiva, de los pobres. De ahí que el principio del bien común se convierta en un llamado a la solidaridad.