La escalada bélica entre Pakistán y Afganistán, con bombardeos mutuos, que en el caso de Afganistán alcanzaron Kabul y Kandahar, cuna del movimiento talibán, reúne las condiciones del debate ético global del interés y el mal menor. Islamabad ha anunciado una “guerra abierta” contra los talibanes tras recibir ataques del grupo islamista TTP, que es una guerrilla que llegó a apoyar con apoyo logístico y que hoy amenaza la estabilidad del Gobierno pakistaní. Los talibanes, sin respaldo internacional alguno, responden con furia desde un régimen de terror documentado, especialmente misógino a través de una nueva reforma de su código penal que legaliza la violencia contra las mujeres –15 días por golpear a una esposa, cadena perpetua por apostasía femenina— y un apartheid de género que las relega por debajo de la protección a animales.

En este escenario de un mal objetivo, irrumpe la ética del mal menor, principio que desde Aristóteles justifica elegir el daño reducido ante males inevitables: de dos males, selecciona siempre el menos grave. resulta sencillo volcar simpatías hacia Pakistán, que es una potencia nuclear además, cuando opta por la violencia contra este régimen brutal porque parece el “mal menor” frente al caos terrorista que devora sus fronteras y la antipatía natural que despierta el fundamentalismo talibán. Pero la subjetividad corrompe el criterio ético: ¿quién define realmente qué es mal, qué es menor y cómo aplicarlo?

Venezuela e Irán, con abusos probados, sufren sanciones y amenazas cuya intensidad depende del grado de interés de potencias de mayor dimensión; Israel o Marruecos, aliados occidentales, gozan de condescendencia pese a violaciones en Gaza o Sáhara. Los talibanes fueron amparados por Pakistán en los años 90 contra India y los soviéticos, pero hoy incluso Irán choca con ellos. Esta volatilidad revela el vicio geoestratégico: alianzas sobre moral. Pakistán ataca lo que creó, como EE.UU. con Bin Laden.

La guerra multiplica el mal y aplasta vidas inocentes en nombre de la seguridad y, sin un criterio universal, los derechos humanos se ven sometidos o instrumentalizados por la geopolítica. La tentación de aplaudir que el régimen de Kabul “reciba su merecido” es grande. Pero es, sobre todo,