Hace dos años, la vida de mi familia se detuvo. Mi hijo de 15 años falleció por suicidio en nuestra propia casa. Desde ese día, mi hogar dejó de ser un refugio para convertirse en lo que yo llamo la casa de los horrores. Cada rincón, cada pasillo y cada sombra me recuerdan el trauma más grande que un ser humano puede soportar.
Dicen que cuando alguien pierde a su pareja es viudo, y cuando pierde a sus padres es huérfano. Pero cuando una madre pierde a su hijo de esta manera no existe ni nombre en el diccionario para ese dolor. Lo que sí existe es la necesidad vital de empezar de nuevo para poder sobrevivir.
Actualmente vivo en este entorno de alquiler junto a mi hija pequeña. Ella también está creciendo en un lugar marcado por la tragedia, un lugar que nos impide sanar y que nos mantiene ancladas al peor día de nuestras vidas. Necesitamos salir de aquí. Necesitamos un cambio de piso no por capricho, sino por salud mental y seguridad emocional. Hasta ahora, siento que las instituciones de mi país y de la ciudad que me vio nacer me han dado la espalda sin facilitarme ningún recurso de alquiler en otro sitio. Les ruego que miren más allá de un expediente y vean a una familia rota que solo pide una oportunidad de un alquiler para respirar de nuevo en un lugar neutral, lejos del escenario de nuestro dolor. Espero que esta vez mi petición sea escuchada y que la humanidad prevalezca sobre la burocracia.