El mundo de los parques infantiles es un pequeño ecosistema en el que habitan padres que ven la excusa perfecta para ausentarse un poco de sus responsabilidades, padres que sobrevuelan el juego de sus hijos sin dejarles ni a sol ni a sombra y por supuesto niños de todas las edades que, como pueden, intentan hacerse un sitio en los columpios y poder disfrutar del día.

En este ecosistema digno del realismo mágico, se ha dado una de tantas situaciones en las que un columpio ha desencadenado una de las batallas más cruentas que se recuerdan desde el Somme. Los nuevos columpios que se han instalado en la plaza San Francisco son en esencia mejores, más seguros y bonitos que los anteriores, pero entre todo este maremágnum de troncos, cuerdas y toboganes sobresale algo… la flor más bonita del jardín, el árbol que más sombra proyecta en las tardes de primavera. No es otro que el pequeño trampolín.

Las eternas colas que se generan de peques y no tan peques impacientes por saborear ese momento de salto en el que el tiempo se para en el aire bien compensa la larga espera… o no… Broncas, empujones, padres que no quieren implicarse para que no les estropeen su momento de relax o por no querer poner orden y ofender a otros progenitores, y los niños más peques que no entienden la gravedad del asunto y se cuelan en la colchoneta bajo la sonriente mirada de sus padres y la acusadora de los que esperan ordenadamente saltar, hace que día tras día entre los peques se generen situaciones desagradables.

Situaciones que solo podrían solucionarse de una forma sin ofender al resto: poner un cartel informativo en el que se pida respeto a la cola y no acaparar la colchoneta. Saltar, un brinco y a la cola otra vez. De esta manera, los padres y los niños más responsables nos podremos agarrar a algo para poner un poco de orden cuando haya masificación y, si Dios lo quiera, no ofender de esta manera a nadie.