Leo sin asombro que los trabajadores del centro Valle del Roncal siguen sin firmar un convenio con la empresa que los gestiona.

Hace un año me pidieron ayuda para hacer fuerza, y que firmaran un convenio que satisfaciera a ambas partes, denunciando la triste situación en la que se encuentran. Y ya les dije entonces: ¿qué fuerza queréis, si no soy nadie? Y, aun así, por las personas con discapacidad que viven allí, y para que sigan viviendo tranquilos, escribí a los diarios -periódicos- varias cartas que no se publicaron. Alguna sí, creo que, por pesado, pero sin más repercusión. Y como vi que no podía hacer otra cosa, escribí un libro, Mi centro se llama Infierno, denunciando la situación.

Situación similar a casi todos los lugares de atención a personas, salvo alguna honrosa residencia, que bajo siglas más humanas sí lo hacen. Pero sabiéndolo, la mayoría, pese a sus grandilocuentes idearios, solo miran al dios dinero.

Y la cosa es que los adoradores del dios dinero solo miran por ellos. Siendo los más felices del mundo cuanto más ganen. Y en eso están, en conciliar cantidad a ganar y calidad del servicio a prestar. Lo de siempre, vamos.

Y solo los que hemos trabajado para la empresa privada y la pública sabemos de la tacañería que se puede alcanzar. Pero no lo digas, que se ofenden. Como si quienes roban se pudieran ofender. Digo sin decir nada de que sean ladrones, y sí avariciosos gestores.

Pues, señores que concilian, concilien. Otra cosa no puedo decir, que es mi familiar el que está bajo su amparo. Aunque, claro, nunca se pudo tapar cinco agujeros con tres dedos. Y si solo me dejas uno, menos. Lo sé, lo sabes, lo sabemos todos. Por mucho que me aprietes. Porque no ya derechos sociales, que cada vez más son un misterio en deconstrucción, sino sueldos cada vez más exiguos, frente a exigencias cada vez más grandes.

Y así, ¿cómo?, pregunto. Para que te des cuenta -empresa- de que negar condiciones dignas de trabajo y sueldo es mal trato. Y así os lo digo. Porque otra cosa no, pero siempre al lado de los que menos pueden. Y no como vosotros, que nos tenéis bajo vuestras botas.