Dentro de pocos días tendrá lugar una nueva edición de las fiestas de San Fermín, Pamplona volverá a celebrar su gran festejo anual. Una vez más, los pamploneses, las pamplonesas y miles de visitantes se vestirán de rojo y blanco y participarán en una gran diversidad de actos, reuniones, encuentros, comidas, cenas, conciertos y bailes. Acompañados por familiares, amigos, compañeros, conocidos y desconocidos, compartirán con ellos muchos momentos entre conversaciones, risas, cánticos, danzas e interpretaciones musicales. La gente descansará de los meses de trabajo, de estudio y de otra clase de obligaciones, y dedicará unos días a la fiesta, a tomar parte activa y entusiasta en una fiesta que fue al principio local, pero que se ha convertido en un acontecimiento internacional.

Por ese motivo, por la inminencia de la fecha, de ese próximo 6 de julio tan deseado por tantas personas, creo que esta es una ocasión oportuna para dirigirme a vosotras, a las peñas de San Fermín, para escribiros una carta. Aunque es cierto que la fiesta es de todos quienes se suman a ella de buena voluntad, también lo es que vosotras jugáis un papel muy importante en este fenómeno social, en este evento grandioso. Sé que a lo largo de todo el año destináis esfuerzo y recursos a organizar vuestras salidas y recorridos por Pamplona, a mejorar el funcionamiento de las charangas y, en general, a conseguir un ambiente festivo capaz de extenderse por calles, plazas y otros rincones de la ciudad durante las más de doscientas horas de celebración. En ese sentido, sois un agente imprescindible, un colectivo valioso que logra mantener el clima alegre, esa atmósfera bulliciosa tan necesaria para que el ánimo no decaiga, para que el espíritu lúdico continúe adelante e integre hasta el final a todos los que lo deseen.

Igual que otros ámbitos de la vida, el festivo está sujeto al paso del tiempo, a los cambios sociales, a nuestra evolución como sociedad. Así como las reformas políticas y los avances económicos de los últimos cuarenta años han supuesto una transformación radical del mundo en el que vivimos, pues han traído democracia y prosperidad, se han traducido en el reconocimiento de derechos civiles antes negados y en unos estándares de bienestar antes impensables, todo ello debe experimentar, a su vez, una correspondencia en el espacio de la fiesta. En parte, esa repercusión positiva ya se ha ido constatando en la práctica, ya nos hemos encargado entre todos de hacerla efectiva a través de medidas encaminadas a proteger a los colectivos más vulnerables como las mujeres o los menores de edad. Episodios aún recientes como el asesinato de Nagore Laffage o la violación grupal perpetrada por la manada han acelerado la introducción de una serie de leyes, normas y pautas de comportamiento que, siendo aplicables en cualquier contexto, resultan especialmente acuciantes en un periodo de celebración multitudinaria como los Sanfermines. Es cierto que esos sucesos execrables pueden volver a ocurrir y, sin embargo, nuestra mayor sensibilidad hacia las circunstancias delicadas de sus víctimas potenciales, nuestro menor umbral de tolerancia hacia aquéllos, han hecho que todos hayamos aportado algo para limitarlos en lo posible, para reducirlos al mínimo, para denunciarlos y condenarlos cuando se producen.

Pero el asunto no se queda ahí, no puede detenerse todavía. En ese proceso inevitable de adaptación de la fiesta a lo que llega para permanecer, a las nuevas situaciones, realidades, empatías y sensibilidades asociadas a la transformación social que estamos viviendo afortunadamente, debemos incluir también otros aspectos, debemos tener en cuenta otros factores, debemos dirigir nuestra mirada actual, que ya es distinta y vigilante con los colectivos mencionados arriba, hacia seres que se han visto involucrados en el programa festivo sin que hasta ahora hayan recibido la atención que merecen.

Claro, me refiero a los toros, a la necesidad de terminar de una vez con las corridas de toros de San Fermín. Y es que, si queremos que la renovación de la sociedad navarra sea coherente y completa, si deseamos de corazón vivir en consonancia con los nuevos tiempos, con lo positivo de ellos, igual que ya procuramos hacer en otros terrenos, no nos queda más remedio que extender esas mejoras, esa evolución, al modo en que nos relacionamos con el resto de seres vivos, a la forma en que los tratamos. Como escribe Carmen de Burgos en uno de sus ensayos, el progreso de un país, de una sociedad, se mide, se aprecia, en la confianza que los humanos despiertan o consiguen en los animales. Cuanto mayor sea la confianza que ellos tengan en nosotros, mejores personas seremos, más avanzada será nuestra comunidad, más noble y elevado será nuestro espíritu individual y colectivo. Sólo entonces, cuando hayamos logrado esa calidad de trato, ese respeto por unas criaturas que, como nos recuerda el filósofo mexicano Gustavo Ortiz Millán, deben ser objeto de consideración moral por su capacidad de sufrimiento, nuestra querida fiesta se habrá transformado para bien, se habrá renovado para perdurar, habrá garantizado su porvenir.

Y es aquí, en este punto, donde cobra mayor sentido esta carta. Si antes he escrito que vosotras, las peñas de Pamplona, sois un elemento esencial de San Fermín, un personaje fundamental de la fiesta, es también porque estoy convencido de que tenéis la posibilidad de influir en ella, de modificarla para que subsista, de llevarla por una senda acorde con esas reformas generales que he mencionado y que ya forman parte feliz de la existencia de la mayoría de nosotros. Del mismo modo que, en los confines de la celebración de julio, atraéis y conducís a la gente por la ciudad con vuestra música y vuestra alegría, con vuestra vitalidad y vuestro humor, contáis con el privilegio de proponer cambios, de sugerir mejoras, de persuadir a quienes os siguen de la conveniencia y la oportunidad de ir por otro sitio, por un itinerario nuevo, por una calle espléndida, por una avenida de márgenes anchos, por un camino festivo en el que quepan más participantes, en el que no se excluya a nadie, en el que no se expulse a nadie, en el que no se acose a nadie, en el que no sufra nadie.

Sé que todo esto no os deja indiferentes. Siempre que en determinados foros o en los medios de comunicación surgen o se plantean debates en torno al tema de los Sanfermines, se nota que en vuestra postura en relación con las corridas de toros hay cierta incomodidad, una especie de cargo de conciencia comprensible, pues sois conscientes de que, cada año, el chupinazo llega con ese problema sin resolver, con un elemento perturbador que impide a gran parte de la población pamplonesa disfrutar del festejo sin un pequeño sentimiento de culpa. También por ese motivo me dirijo a vosotras, porque tengo la convicción de que estáis dispuestas a llevar la cuestión hasta el final, a colaborar en la búsqueda de una solución a corto plazo que acabe con esa desazón colectiva, con ese desasosiego natural que nos estropea a todos un poco la fiesta.

Pero es verdad que una apelación como la de esta carta no puede limitarse a señalar la anomalía, debe aportar una serie de propuestas que tengan en cuenta los intereses de todos los implicados en el asunto. Así, siempre en el ámbito de San Fermín, quiero aprovechar esta ocasión para recordaros las posibilidades que existen, las alternativas viables a eso tan espantoso que ocurre cada tarde en Pamplona durante los nueve días de julio. En lugar de las corridas, podría organizarse en la plaza un festival de charangas, un encuentro de peñas, o espectáculos y actividades de distinta índole en los que pueda participar cualquier persona y que no conlleven la utilización de animales De ese modo, esas horas calurosas de verano dejarían definitivamente de estar manchadas de sangre, marcadas por el sufrimiento de un mamífero muy parecido a nosotros, de una criatura noble que no elige ni merece la brutalidad a la que se la somete; esas horas serían a partir de entonces un rato de diversión benigna, un jolgorio que ya no se vería nunca más ensombrecido por la complicidad colectiva en una práctica cruel que sólo consiste en infligir dolor.

Por otro lado, frente a los argumentos esgrimidos a menudo en este debate por el sector ganadero, a la supuesta extinción del toro de lidia, también cabe ofrecer soluciones. Así como en África está evolucionándose desde el safari cazador a una atracción turística por la cual se visita y se conoce a los animales autóctonos en su hábitat natural, aquí podríamos seguir el ejemplo con nuestra fauna. Con la ayuda del Estado y la colaboración de otras administraciones, las dehesas, o una parte de ellas, podrían convertirse en reservas de conservación de la especie, en fincas abiertas al público donde éste, previo pago de una tarifa, pudiese ver a los toros en su esplendor, conocer su entorno y sus costumbres. Sería un primer paso en la buena dirección, en ese camino que ojalá emprendamos pronto y a través del cual, igual que se ha hecho en otros países con otra clase de injusticias, podamos rendir un tributo a quienes las han padecido a lo largo de siglos entre nosotros.

No querría cerrar esta carta sin una última reflexión compartida. Me gustaría que fueseis conscientes de la gran oportunidad que se abre ante vosotras, peñas de San Fermín. Gracias a ese papel destacado que jugáis en la fiesta, podéis encabezar desde ahora una acción reformadora ambiciosa, protagonizar un momento histórico de coraje en beneficio de Pamplona y de Navarra, encauzar la toma de una decisión valiente capaz de cambiar algunas cosas con el fin de preservar lo esencial, capitanear algo digno de lo que podáis sentiros orgullosas, algo por lo que las generaciones futuras os estarán eternamente agradecidas.

El autor es escritor