Llevo muchos años viviendo en Estella, lejos de Marruecos, pero sin perder nunca el vínculo con mis raíces. Con el tiempo, esta ciudad también se ha convertido en mi casa, el lugar donde crecen mis hijas entre dos orillas que forman parte de lo que somos. Y fue aquí donde tuve que decidir dónde empezarían su camino en la escuela.
En ese momento buscaba algo más que un centro educativo. Quería un lugar donde mis hijas pudieran crecer como personas, sentirse acogidas y formar parte de una comunidad. También tenía claro que era importante que se integraran en el entorno en el que viven, y para eso la inmersión en la lengua de aquí, el euskera, me parecía fundamental. Elegí la ikastola por su manera de entender la educación: un proyecto comunitario, cercano y cooperativo. No me guié por etiquetas, sino por las personas que encontré allí y por la forma en que me explicaron su proyecto, con convicción, pero también con sensibilidad.
Con el paso del tiempo, puedo decir que aquella decisión fue acertada. A menudo se escuchan grandes palabras en época de matriculación que luego se diluyen. En nuestro caso, no ha sido así. Lo que nos contaron lo hemos vivido en el día a día. Hoy veo a mis hijas desenvolverse con naturalidad en euskera, relacionarse, aprender y crecer en esa lengua. Aquella apuesta inicial es hoy una realidad.
Nunca hemos sentido que hubiera puertas cerradas por motivos económicos. Al contrario, siempre hemos percibido una clara voluntad de que nadie se quede fuera. Es el propio centro, desde su estructura cooperativa, el que cuenta con mecanismos para acompañar a las familias que atraviesan dificultades, ya sea en el comedor, en las salidas o en el material escolar, mucho más allá de lo que lo hace la administración. Y eso no responde a una campaña, sino a un compromiso real. Pero, sobre todo, hemos encontrado cercanía.
Como familia de origen marroquí, siempre hemos sentido empatía, respeto y apoyo a nuestra diversidad. Mis hijas están creciendo en un entorno en el que se sienten valoradas y acompañadas, y eso, como padre, es lo que más valoro. Por eso me sorprende que, en ocasiones, se perciba la ikastola como un centro privado. Mi experiencia me habla de algo distinto: de una comunidad que pone a las personas en el centro, que actúa con sensibilidad social y que entiende la educación como una responsabilidad compartida.
Y, en el fondo, creo que eso es lo verdaderamente importante. Eskerrik asko Lizarra Ikastola!