Las personas no nos movemos por la verdad, nos movemos por las historias que somos capaces de creer. San Fermín está lleno de ellas, pequeñas promesas que repetimos cada julio con una fe conmovedora y una credibilidad francamente mejorable. Lo extraordinario no es que luego no las cumplamos. Lo extraordinario es que sigamos necesitándolas, porque nadie organiza unas fiestas pensando en cómo terminarán.

Las organizamos creyendo, una vez más, que este año será distinto, y esa capacidad de engañarnos un poco no es un defecto, es el combustible de casi todas las cosas buenas que hacemos. Nos enamoramos pensando que durará para siempre. Empezamos una dieta convencidos de que esta vez sí. Prometemos llamar más, descansar más, gastar menos... y volvemos a incumplirlo con una puntualidad admirable.

Decía Blaise Pascal que “El corazón tiene razones que la razón no entiende”. San Fermín también….

Quizá la mayor mentira no sea decir: “Este año voy a salir tranquilo”. La mayor mentira es creer que hemos venido a esta vida para no equivocarnos. Porque las personas no vivimos de las promesas que cumplimos. Vivimos de las ilusiones que todavía nos atrevemos a hacernos. Quizá por eso seguimos volviendo cada julio. No para cumplir nuestras promesas, sino para demostrar que todavía somos capaces de hacernos alguna.