Empezaron rebautizando el Sadar sin preguntar a los que acudían

a él. Siguieron con ese super-mega-hiper pabellón de incierto

futuro económico pero de ciertísimo presente presupuestario que,

por cierto, tampoco había pedido nadie. Ahora le calcan el nombre

al reconstituido hospital. Debe de ser una recomendación de esa

fantasmal comisión de expertos que nombró Sanz para preparar

los eventos del 2012 y de cuyos trabajos no se ha vuelto a tener

noticia.

Como ya no hay reino, por lo menos que haya Reyno. Hasta

en la sopa. A ver si a base de repetirlo acaba la idea por ser

tomada en serio. No parece ser de este mundo -o no lo es ya-

el reino por el que suspiran algunos. Sí lo es -vaya que sí lo

es- el de los promotores del Reyno. Su Reyno es tangible, cuantificable

y, sobre todo, monetarizable.

Coincido con Juan Kruz Lakasta:

acabaremos viendo clubes de carretera con la leyenda Reyno de

Navarra en el neón fluorescente asomado a la red foral. Algo

que, bien mirado, supondrá una clamorosa aproximación a nuestra

realidad de todos los días, dado el nivel que está tomando la

política local: un Reyno de opereta, con un rey a punto de dejar

el trono y sobre el que se impide opinar; una reyna que espera

en silencio para deshacer lo que hizo el rey, y una bien remunerada

cuadrilla de bufones a su alrededor, en permanente conspiración

entre ellos y contra la futura soberana del predio, incluidos

esos que se autoproclaman nada más ni nada menos que el "epicentro

de la política foral" (¡tócate los cojones, Mardones!). Van a

ser unos meses entretenidos, llenas de fechos a veces gloriosos

y las más de las veces bochornosos, que darán lugar a largas

y sustanciosas crónicas. Aquí, en el Reyno.

(Dedicada a Kontxita Otxoa, fiel lectora mía a quien se le ocurrió

dejarnos el otro día. Conversadora infatigable, de contagiosa

ironía y amiga de sus amigas, una de esas personas que, a base

de buen humor, hacen más llevadera su vida y la de los demás.

Goian zaude).