alejo Carpentier lo contó como nadie en El siglo de las luces, una de las mejores y más lúcidas novelas del siglo XX. Haití es el resultado de la rebelión de 500.000 esclavos negros contra 30.000 amos blancos en ese final del XVIII en el que Europa empezaba a hablar de libertad, igualdad y fraternidad. Mientras en otros puntos de América las élites criollas sustituían en el poder a los administradores coloniales, aquí los parias de la tierra borraron de un golpe a unos y otros. Un caso único en la historia, que pudo haber sido un ejemplo para los oprimidos del mundo. No ha sido así. Hay autores que hablan de una maldición, de un pérfido sortilegio que ha hecho que, en sus dos siglos como país independiente, lo que podía haber sido un paraíso constituya uno de los rincones del planeta más parecidos al infierno. No hay plaga bíblica que Haití no haya padecido: deudas externas despiadadas, caudillismo, ocupaciones extranjeras, dictaduras, élites corruptas, violencia, analfabetismo, deforestación, sida, desgobierno y una mala suerte crónica en el momento de atraer las catástrofes naturales. Todo ello ha hecho un lugar invisible de la parte occidental de la isla que Colón bautizó como La Española. Antes del cataclismo de la semana pasada, el país más africano de América ya se disputaba con algunos Estados del continente llamado negro el furgón de cola de las naciones. Ahora ya no hay duda de cuál es el último entre los últimos. Haití, en la práctica, ha dejado de existir, convertido en una escombrera donde 8 millones de personas lloran a sus muertos y se matan por sobrevivir. Nuestras cámaras nos lo están contando al minuto, pero la semana que viene la tragedia dejará de ser noticia. Francia, la antigua metrópoli, y Estados Unidos, que ocupó el país durante 20 años y sostuvo a sus dictadores, hablan de reconstrucción, pero se pelean por el cómo. Mucho me temo que algunos ya están oteando un negocio sobre estos 200.000 cadáveres.
- Multimedia
- Servicios
- Participación