menudo lapo al ojo. Menuda patada en la entrepierna. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, dijo Yahvé. Pero de los 67 años no dijo nada. De acuerdo, las cosas están mal. Pero, ¿por qué ahora? ¿Por qué a nosotros? Nos decía ayer Elena Salgado que la propuesta de Zapatero está abierta a matizaciones. Pues menos mal. Porque van a tener que matizársela mucho a ese tropel de gente con mil años de vida laboral, hasta los mismos de encontrarse en el portal al prejubilado del 4º C -ex empleado de la Caja, del banco, de Potasas, de TVE, de las industrias reconvertidas- que se va a esquiar en enero, a la playa en junio y a por hongos en noviembre esa misma mañana de lunes, de martes o de miércoles en la que el común de los mortales se arrastra hasta el tajo con el mono puesto o la ficha en la cartera. Pura envidia, y de la mala, ya lo sé. Pero es que, joder, han pagado con nuestro dinero los retiros adelantados de todo maría santísima, y no nos hemos quejado. Sabíamos de sobra que a nosotros ese gallo no nos iba a cantar. Vale, unos con estrella y otros estrellados. No exigíamos más que lo nuestro: retirarnos de la vida laboral tal como nos prometieron en su día. Ni antes ni, sobre todo, después. Lo contrario es una pena sobrevenida que supone dos años más de condena bíblica. Una aplicación de la doctrina Parot al campo de las relaciones laborales. Un incumplimiento flagrante de contrato. Una estafa social. Una medida que va a hacer las delicias del sector bancario -uno de los grandes pirómanos del incendio económico que vivimos- y de sus planes de pensiones, a la vez que va a retrasar aún más si cabe la incorporación laboral de las nuevas generaciones. Para más recochineo, todo eso lo van a votar unos hombres y unas mujeres a los que dos legislaturas de mandato parlamentario dan derecho a una pensión vitalicia. Pasmado estoy de lo tranquilas que están las calles, sin barricadas ni edificios oficiales ardiendo.