Redacto estas líneas sin conocer, evidentemente, el contenido de los editoriales de los periódicos de hoy. Me atrevería a apostar con cualquiera a que una buena parte de los rotativos del Estado, incluido el más vendido en esta provincia, se referirán a la sentencia de la Audiencia Nacional que absuelve a los imputados del caso Egunkaria, como un "triunfo" de la Justicia o del Estado de derecho. Preferirán no recordar que el corporativismo del que de puertas afuera hace gala la prensa española brilló por su ausencia cuando, dentro de sus fronteras, el juez Juan del Olmo ordenó el cierre de una empresa del gremio y el encarcelamiento de unos colegas. Casi todos miraron para otro lado cuando no apoyaron entusiásticamente una medida cuya constitucionalidad ha sido puesta en duda hoy por los magistrados redactores de la sentencia. Sí, hay jueces decentes, pero era hace siete años cuando el Estado de derecho debía haber triunfado. Si la Justicia hubiera sido tal, ni habría permitido el atropello continuado que supone privar a miles de lectores de su medio de comunicación y a docenas de personas de su trabajo, ni habría provocado el calvario al que se ha sometido a los responsables del periódico: detención, torturas, encarcelamiento y juicio público. Todo por un prejuicio hacia lo euskaldun bien alimentado por esos mismos medios. A nivel doméstico, ardo en deseos de conocer las valoraciones de algunos de nuestros partidos. De UPN sobre todo, entusiasta seguidora entonces de las soflamas que al respecto lanzaron Aznar, Acebes y Mayor Oreja. Y del PSN también, en este tema, como en otros, alineado hasta el final con los hooligans del antivasquismo. El cierre de Egunkaria no es solamente uno de las mayores vergüenzas de la Justicia española desde el franquismo. Es también el retrato de un modo de ejercer el periodismo y la política basada en el oportunismo, el rencor y el odio al diferente.