un amigo me contó lo que un conocido suyo les soltó a unos Testigos de Jehová que llamaron a su puerta: "Mirad chavales, si no creo en la Iglesia Católica, que es la única verdadera, ¿cómo voy a creer en la vuestra, que no lo es?". Algo así me sucede con el paro convocado para hoy por UGT, CCOO y Afapna para protestar contra el tijeretazo de Zapatero y su aplicación en Navarra. Soy funcionario -nadie es perfecto-, y si no paré la semana pasada, cuando el llamamiento lo hicieron ELA, LAB, ESK-CUIS y STE-EILAS, aún tengo menos razones para hacerlo hoy. Los sindicatos son como los partidos, un mal necesario. Estuve afiliado a uno de ellos hasta que me enteré por la prensa del congreso para elegir nuevo secretario general, donde por cierto, no había más que una candidatura. Sólo un insensato les negaría el relevante papel que históricamente han tenido en nuestro bienestar. Hoy en día, sin embargo, responden a un modelo de relaciones laborales que se parece poco al que los generó. A los gobiernos les viene bien una interlocución con el mundo asalariado y subvencionan a los más dóciles entre ellos como si fueron sectores económicos estratégicos, pero todo el mundo sabe que la representatividad que ostentan tiene mucho de ficción. Hay poderosas razones para oponerse al recorte que, al minuto, ha hecho suyo el gobierno de Sanz. Si se trata de ahorrar dinero, existen muchas formas de hacerlo en una Administración Foral que despilfarra millones en proyectos de dudoso beneficio social, paga a doblón centenares de cargos unipersonales (a los que, por cierto, van a bajar el sueldo de forma bastante menos proporcional que al resto) y alimenta con ríos de dinero incontrolables y opacas empresas públicas. No tengo demasiado claro que la huelga sea la forma de luchar contra todo eso, pero aún menos lo es con unos sindicatos más preocupados de sus respectivas hegemonías que de luchar por lo que creen justo.
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