Este año voy a hacer la Declaración de la Renta como en los viejos tiempos, presencial, por tradición, aunque no iré en persona. Pienso mandar a un unicornio, azul, como el de la canción de Silvio, si lo encuentro. O fucsia, ya veré. No creo que haya mayor problema en que el unicornio haga la declaración en mi nombre, toda vez que el Ejecutivo que lleva estas cuestiones está de acuerdo en que hoy en sus dependencias se vaya a celebrar una misa en la que se venera a un ángel, que es una cosa que existe que te cagas: los ángeles. Existen que te cagas. Los unicornios, también. Así que todos ustedes si quieren evitarse la molestia de ir a hacer la declaración mandan a un unicornio o a un duende o a un hada o a un gato con cabeza de elefante y el Ejecutivo no tendrá mucho que decir, a lo sumo que estos actos responden “al sentimiento de una parte importante de la sociedad”, que es lo que dijo el del PNV de Geroa Bai del Parlamento para justificar el visto bueno de Geroa Bai a que hoy también llegue al Parlamento el ángel este -aunque, más que llegar, lo traen, ya que él solo no se mueve, es un ángel tirando a vago. O está muy mayor- y él en carne mortal, Unai Hualde, lo reciba. Si Ejecutivo y Legislativo se saltan el artículo 16.3 de la Constitución donde se declara la aconfesionalidad del Estado y de todas sus instituciones no veo por qué cojones tengo yo que no poder saltarme la declaración o cualesquier otra legalidad que estas instituciones me soliciten, puesto que ellos son los primeros que se las saltan, por mucho que ayer se leyera en este periódico que “se reducen los fastos”. Los ángeles o existen que te cagas o no existen. Si los recibes, es que crees que existen, así que no veo qué diferencia hay o no hay entre unos fastos y otros. Hacer el ridículo es hacer el ridículo. Lo cabrón es que lo hacen en nombre de todos y por encima de la ley.
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