¡Vamos, que ya se acaba! Enhorabuena, ya estamos ahí-ahí, a punto de terminar. Cruzar las Navidades nunca es una cosa pequeña, se hace lo de hoy -quienes lo hagan- y mañana cada cual a su madriguera, ¡yijaaa! Confío en que hayan salido lo más indemnes posible. Yo, por mi parte, cada año lo llevo mejor, desde que tomé la opción de rendirme y pasarme al enemigo. Hasta pongo un árbol pequeño en casa con luces y todo. Bueno, eso no sería tanto llevarlo mejor como haber traicionado punto por punto mis propias convicciones, pero total me di cuenta de que en estas fechas o te vas a una cueva -y lejana- o no hay manera de escaparse. Así que luces y a tomar por culo. Eso sí, al menos sigo sin comprar nada por internet. Nada que no necesite, ojo, me parece muy bien que quien no tiene a mano algo que necesite o que le vuelve tarumba se lo compre y meta unos euros en el bolsillo de Jeff Bezos -tiene ya 108.000 millones de euros- o alguno similar, pero yo por ahora sigo sin caer por esos parajes. Y mira que la de cosas que te ofrecen esos gigantes de internet es increíble, todo lo que necesites está ahí, pero hace bastante que creo que prefiero una tienda abierta debajo de mi casa o en la calle de al lado o en el barrio que 10 cosas más en mi estantería. Imagino que podría comprar cientos de cosas chulas -de una en una y de vez en cuando, claro- pero en verdad no las necesito, así que lo poco que compro lo compro a personas físicas que han abierto sus tiendas en donde vivo. Es una de las muchas cosas que pienso sinceramente que se puede hacer para que donde vivo sea algo más que una ciudad dormitorio con miles de bares, tiendas de ropa de multinacionales, bancos, sucursales de telefonía, macrochinos y tiendas de golosinas. Recuérdenlo -si les da la gana- en 2019: cuidar lo que tenemos cerca es mucho más revolucionario y real que salvar el mundo, creo.