Han despedido a un humorista de un programa de la cadena Ser por escribir un tuit sobre una imaginaria chica con Síndrome de Down que trataba de ser un chiste o humor negro o a saber qué, pero que no dejaba de ser una barbaridad con la gracia en el culo, amén de una falta de respeto para millones de personas con Síndrome de Down. El asunto es que nada más conocerse el despido saltaron a la palestra quienes defienden que se veía atacada la libertad de expresión y que se imponía la censura. Y no, la libertad de expresión sigue estando ahí y censura no ha habido ninguna, simplemente una empresa privada en el ejercicio de buscar que nada afecte a su imagen se ha pulido a un colaborador que se ha puesto a sí mismo una cruz por escribir una barbaridad. Quienes escribimos -Twitter es una red social pública- tenemos una responsabilidad y dentro de esa responsabilidad va el saber que si lo que escribimos es francamente faltón y desagradable la sociedad puede reaccionar en contra y el medio en el que colaboramos o trabajamos puede prescindir de nosotros. Humor negro y bestia ha habido siempre, pero el tuit del chaval este excedía esos límites, amén de transitar por la línea fácil del humor, aquella en la que te fijas en los defectos físicos de alguien para hacer o intentar hacer reír, una práctica cruel cuando la diana de tu chiste es una persona con síndrome de Down, en realidad todo un colectivo con suficientes problemas ya. Pero que lo hayan echado -no lo celebro tampoco, un día fatal lo puede tener cualquiera, sí celebro la reacción social- no atenta contra nada, puesto que aquí nadie ha hecho nada que no se salga de la libertad que tuvo él para mofarse de esas personas, la de millones de personas para criticarlo y la de la empresa que lo contrata para valorar el coste-beneficio de tener alguien así. Libertad. Responsabilidad. Actos. Consecuencias. La vida adulta.