Los Beatles. Los Rolling Stones. Frank Sinatra. Leonard Cohen. Los Kinks. The Who. Pink Floyd. Van Morrison. Elvis Presley. Jimmy Hendrix. Pearl Jam. Ac/Dc. Little Richard. Michael Jackson. Madonna. Barbra Streisand. Genesis. Eric Clapton. Yes. Los Eagles. Muddy Waters. Paul Simon. Neil Young. Tom Waits. Warren Zevon. Steve Van Zandt. Roy Buchanan. Willie Nelson. Johnny Cash. The Doors. Bruce Springsteen. Joni Mitchell. Billy Joel. Carly Simon. James Taylor. Jackson Browne. Tom Petty. Carole King. Miles Davis. James Brown. U2. Nirvana. Los Sex Pistols. Los Clash. Los Ramones. Los Specials. Damned. Gordon Lightfoot. John Prine. Ray Lamontagne. Y más. Y más. Y más. Pamplona es una ciudad pequeña, no está entre las 400 más pobladas de Europa ni entre las 3.000 más pobladas del planeta, así que se supone que es normal que todos esos artistas jamás hayan actuado aquí. Todos esos y miles más. Así, que ayer Bob Dylan cantara por vez segunda -la primera fue en junio de 2008- a una parada de villavesa de casa puede ser considerado como un milagro, dentro de que Bob Dylan ya es en sí mismo un milagro. Escribo esto antes de que salga al escenario, con la habitual sensación de recibir un premio que no merezco. Imagino que algunos de los asistentes habrían salido decepcionados: por su voz, su edad, porque no suena como hace 50 años, ni como en los discos, porque no dijo Hello Pamplona, porque no dijo ni mú -al finalizar los conciertos se pone delante del público y le da las gracias con respeto- o porque la idea que se había hecho en su cabeza no era lo que se encontró. Es lógico. Pero la Tierra tiene unos 4.550 millones de años. Y unos 510 millones de kilómetros cuadrados. Por tanto, coincidir en el tiempo y en el espacio con el artista más grande de la historia es para sentirse afortunado. Lo dijo Cohen: gente así nace cada 300 o 400 años. Ayer estuvo aquí. Y eso es eterno.