A la contra

Una vida mejor

23.05.2021 | 01:10
Una vida mejor

La primera vez que vi a Bob Dylan en directo tenía 52 años. Él. Yo tenía 21. Mañana cumple 80 y miro alrededor mío en este cuarto en el que escribo y veo cientos de discos, decenas de libros, camisetas, recuerdos, entradas de 13 conciertos –he malgastado mi vida, solo 13 conciertos de Dylan– y muchos amigos. 80 años, jodido cabrón. En todo este tiempo ha pasado de ser un tipo del que si decías que te gustaba se reían de ti –ya saben, estaba U2, Pearl Jam, Nirvana, luego Oasis, Blur, Suede, Coldplay, Marea, yo qué sé– a ser una especie de lugar común, un icono entre los iconos, una chapa en la cazadora: me gusta Dylan. "Yo estaba nervioso porque iba a conocer a Tom Waits, que era mi ídolo, y Tom Waits estaba nervioso porque iba a conocer a mi padre. Eso pasaba montones de veces", contó una vez su hijo Jakob. He escrito muchas veces de Bob Dylan y se ha escrito de él hasta la hartura. Mi amigo Pachi dice que estos días todo se llena de tópicos, lugares comunes, anécdotas elevadas a mitos y demás. Y es cierto. Pero también se llena, simplemente, de líneas que tratan de acariciar con la yema de los dedos la monumental e increíblemente bella e imperecedera obra que ha elaborado durante, se dice pronto, 60 años. Más allá de todo lo que se quiera intelectualizar o racionalizar su trabajo, lo realmente mágico de Dylan, lo que le distingue de todos los demás, es lo impresionantemente profundo que toca a quien le toca, lo feliz que consigue volver a quienes conectan con su música a un nivel desconocido con otros. Esto es algo que sucede con más artistas, sí, pero con Dylan es de una intensidad y duración que escapa a lo que se pueda explicar con palabras. Es, sencillamente, demasiado bueno y una bendición para quien tiene la suerte de sentirlo así. Mi vida ha sido infinitamente mejor gracias a él y solo puedo dar las gracias por un día como ayer, hoy y mañana.

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